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Túnez
GEOGRAFÍA
Limita al norte con el mar Mediterráneo,
al sur con Libia y Argelia, al este con el mar Merditerráneo
y Libia, y al oeste con Argelia.
La
mitad septentrional del país está ocupada por una
serie de cadenas montañosas dispuestas en sentido suroeste
- noreste, que suponen la prolongación del Atlas telliano
argelino y alcanzan su punto culminante en el Yebel Chambi, de
1544 mts. En el centro y sur se extiende la estepa semidesértica.
El río más importante es el Medjerda.
Entre los lagos cabe citar el Djerid y el Bizerta.
En el norte el clima es de tipo mediterráneo,
con precipitaciones cercanas a los 1000 mm anuales. El resto,
que supone la mayor parte del país, cuenta con un clima
semiárido o árido, con precipitaciones que no llegan
a los 100 mm anuales
LAS ESENCIAS MÁS
PURAS DEL MEDITERRÁNEO
El Mediterráneo es una forma de vida,
una arquitectura, una tradición, una música, una
gastronomía, un temperamento y una sensibilidad propia.
En la ribera del norte, al igual que en la del sur, los dichos
de su gente, sus gestos y su sentido del humor los sabores y buena
parte de su filosofía de vida, son herederos del rosario
de los pueblos que circularon con sus mercaderías y sus
ideas de uno a otro lado del mar.
Que los cristianos se quedaran en el norte y
los musulmanes en el sur no ha podido, ni en muchos casos permitido,
borrar las huellas de civilizaciones comunes a ambos lados del
litoral. Desde Tabarka, la ciudad más occidental de la
costa tunecina, hasta Zarzis, en el extremos suroriental, se desparraman
paisajes, pueblos enteros, conjuntos monumentales y gentes que
encierran el tarro de las esencias mediterráneas tanto
como sus vecinos de las costas cercanas de Italia, las de Grecia
o España.
La música clásica tunecina, el
malouf, llegó de la mano de los moriscos y su sonido melancólico
funde sus raíces con las del cante jondo, el aceite de
oliva es ingrediente obligado en sus platos, sus pueblos se protegen
del calor apiñándose en callejas estrechas encaladas
en blanco, al igual que tantos otros de Andalucía y muchas
de sus mujeres se cubren con mantos similares a las famosas y
recientemente desaparecidas tapadas de Vejer de la Frontera.
UN MAR DE DUNAS EN EL QUE
SE DESDIBUJAN LAS FRONTERAS
Al sur de Gafsa se extiende una región
de 90.000 Kilómetros cuadrados que ocupa más de
la mitad del país. Llanuras quemadas por el sol de las
que brotan inmensos palmerales, mares salados donde moran los
espejismos y pueblos remotos excavados en las montañas
dan paso a las dunas de Gran Erg, donde la arena es más
suave que la henna, y sólo los pozos y oasis apaciguan
la sed.
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Algunos de los oasis más bellos del mundo
se encuentran en este misterioso territorio, como el de la ciudad
sagrada de Nefta o el de Tozeur, la capital de Jerid, el país
de las palmeras. Al abrigo de éstas crecen fértiles
huertos frutales que han permitido el desarrollo desde tiempos
inmemoriales de la cultura beduina. Los nómadas hoy se
han sedentarizado, pero sus tradiciones se han preservado mejor
que en cualquier otro rincón del país. Es aquí
donde valores tradicionales como la hospitalidad, el honor, la
palabra sagrada, la austeridad, la nobleza la obediencia al padre,
siguen rigiendo la vida, y donde viajeros de todos los tiempos
han sentido la necesidad imperiosa de perderse. A diferencia de
antaño, éstos pueden hoy adentrarse en la región
sahariana de muy diferentes formas: desde dormir en un jaima en
pleno desierto, o en una vivienda troglodita convertida en hotel
en Ksar Haddada o Matmata hasta alojarse en un hotel de cinco
estrellas en Tozeur; desde recorrer los océanos más
profundos en un viaje organizado hasta partir en un todo terreno
o en camello por las pistas y las dunas durante un mes con un
guía beduino.
PLAYAS, PALMERAS, Y UN MAR INFINITO Y AZÚL
Un litoral de 1.300 Km ha servido a Túnez
para competir como destino playero con otros países mediterráneos.
Más de 4 millones de turistas, europeos el 57%, eligieron
Túnez en 1995. Su clima y proximidad (apenas 2 horas de
vuelo desde España), la diversidad de su oferta, la posibilidad
de realizar todo tipo de deportes como la navegación, el
buceo o el golf, la seguridad ciudadana y sus bajos precios, figuran
entre los motivos principales.
La oferta hotelera con cerca de 165.000 camas,
se concentra fundamentalmente en la capital, Hammamet, Nabeul,
Susa, Monastir, Jerba, Tabarka –donde la reciente construcción
del aeropuerto ha dado un espaldarazo a una zona apenas conocida
por los extranjeros-, Toezur y Douz en el sudoeste. El sector
turístico supone un 25-30% de los ingresos en divisas y
la oferta hotelera, el 45%, con menos de diez años de antigüedad,
se compone de establecimientos de alto rango en un 18% de categoría
media, dos y tres estrellas, en un 72%, y de una estrella y no
clasificados en un 10%.
Los hoteles flanquean el litoral de las ciudades
turísticas, pero no se han construido excesivamente cerca
del mar ni se han permitido edificios altos para no estropear
sus magníficas playas arenosas ni afear el paisaje. Sin
embargo, quienes busquen playas desiertas pueden encontrarlas
a pocos Kms de las zonas turísticas, amén del resto
del litoral, todavía sin explorar.
UN PASEO POR 3.000 AÑOS DE HISTORIA
Túnez ha inscrito en la historia los nombres
de sus hijos más brillantes, como Hannón e Himilcón,
los navegantes que surcaron la costa atlántica de Africa
y Europa; el primer agrónomo, Magón; Aníbal,
el estratega que amenazó Roma al cruzar los Alpes con sus
elefantes; Tertuliano, San Cipriano, San Agustín o Gordiano,
proclamado emperador romano en el Jem.
Sobre las ciudades fenicias y cartaginesas que
jalonaban la costa tunecina, con Cartago a la cabeza, la colonización
romana –desde el siglo II hasta el V – llegó
a este país uno de los patrimonios más ricos a lo
ancho y largo del Mediterráneo.
Un siglo después, los bizantinos lograron
mantener hasta el siglo VII la parte oriental del mundo romano,
una vez caído el Imperio de Occidente, reconstruyendo ciudades
arrasadas por los vándalos. Gracias a estos episodios de
la historia, los apasionados de las ruinas pueden trazar un completo
recorrido por ciudades romanas que continuas exposiciones de arqueólogos
se afanan todavía hoy en estudiar. Cartago, el coliseo
de El Jem, sólo procedido en importancia por los de Roma
y Verona, el acueducto de Zaghouan, uno de los más largos
del mundo, con 132 Kms; Dougga, Bulla, Regia y Sbeitla son sólo
algunos de los numerosísimos enclaves romanos que se esparcen
por su territorio.
Visita obligada es también el Museo del
Bardo, en las afueras de Túnez, con una de las colecciones
de mosaicos romanos más rica del mundo. El antiguo palacio
de los beys se encuentra a sólo 5 Kms de la capital y su
visita es indispensable para conocer el modo de vida de la colonia
romana en Túnez, así como para comprender los restos
arqueológicos que se esparcen por el país. Junto
a esculturas y mosaicos romanos y bizantinos, en su mayoría
de los siglos II y VI: restos púnicos, paleocristianos,
griegos e islámicos.
FUSIÓN DE RAZAS
Y CULTURAS QUE CONVERGEN EN UN MOSAICO HUMANO
Los bereberes son los habitantes originarios
de Magreb. Este pueblo rebelde, a diferencia de lo que ocurriera
con pueblos vecinos, se mezcló aquí con relativa
facilidad con los invasores que llegaron en la antigüedad
a Túnez. La fusión de romanos, árabes, fenicios
y otomanos hace difícil definir al tunecino de hoy: una
chispeante mirada negro azabache y una piel aceitunada pueden
ser tan tunecinas como los ojos verdes y el cabello claro o los
rasgos negroides de algunos habitantes del sur. El bereber es
hablado por un 1% de los más de 8 millones de tunecinos,
especialmente en pueblos como Chenini, Douiret o Matmata y en
Jerba, por lo que las diferencias se establecen más entre
lo urbano y lo rural que entre lo árabe y lo bereber.
En las ciudades es más habitual, sobretodo
entre los jóvenes, vestir a la occidental, mientras que
en las zonas rurales, el apego a la tradición es mayor.
Mehlias (largas telas sujetas con nudos o broches) rojas envuelven
a las campesinas del litoral. Y de color púrpura a las
del interior y las montañas. Sifsaris (largos velos) blancos
para las ciudadanas y las jerbianas, y negros para las mujeres
de Sahara. Turbantes o chechias (sombreros de lana roja) coronan
la vestimenta de los hombres de jubas y burnus. La comunidad judía,
una particularidad más de Túnez, llegó a
sumar 120.000 miembros. Muchos viven todavía en la capital
y en Jerba, donde la bella sinagoga de la Ghriba es un centro
de peregrinación para judíos de todo el mundo.
CARTAGO, LA ESPINA DE ROMA
Al grito de “Delenda est Cartago”
–la frase con la que el senador romano Catón finalizaba
sus discursos-, las tropas de Escipión pusieron fin en
el 146 a.C., a una de las civilizaciones más poderosas
de la antigüedad. Algo más de 6 siglos antes, un grupo
de fenicios liderado por Dido, hermana del rey Pigmalión
de Tiro, había fundado la ciudad con el nombre de Qart
Hadast, del que deriva Cartago. La pujanza cartaginesa la convirtieron
en eterna enemiga primero de Grecia y después de Roma.
Tras su destrucción, la leyenda afirma que fue, amén
de saqueada, rociada con sal para que no volviera a crecer nada
sobre su suelo. Sin embargo fueron los romanos quienes la levantaron
de nuevo, convirtiéndola en la capital del África
romana. De la ciudad que llegó a albergar medio millón
de personas queda hoy más bien poco. A lo largo de cuatro
Km. se esparcen hoy yacimientos sepultados bajo las villas del
barrio residencial de la capital que ha heredado el nombre de
Cartago, y otros a la vista como el Tofet, las termas de Antonio,
las cisternas de Malga, el odeón, las villas romanas, las
termas de Gargilius, el teatro de Adriano o los puertos púnicos,
hoy lagunas estancadas.
EL RITUAL DEL CAFÉ
Los cafés no son exclusivos de los hombres,
pero casi. En ellos se reúnen para charlar, jugar a las
cartas y fumar chicha, la aromática pipa del agua. El té
negro muy dulce o el té a la menta o con piñones
son, junto al café turco con sus posos al fondo, una delicia
que no se debe dejar de tomar. El café puede aromatizarse
con cardamono, canela o esencias florales. En los zocos de Túnez
se localizan algunos bellos ejemplos como el Café M´rabet.
SIDI BOU SAID, FAVORITA
DEL MEDITERRÁNEO
Pulcro, resplandeciente y rodeado de jazmin,
paleargonios y azahar, el pueblecito de Sidi Bou Said –Sidi
Bou, para los más asiduos- se descuelga desde una colina
frente a la bahía. En él se juntan los turistas
que acuden a visitar uno de los rincones más encantadores
del Mediterráneo con tunecinos de buena familia y estudiantes
de diseño que, esparcido spor el suelo, dibujan en sus
cuadernos enrejados y celosías. Luminosas calles empedradas,
puertas azules claveteadas en negro, balcones de celosías
tras los que las mujeres podían mirar a la calle sin ser
vistas y paredes que se encalan cada año. Su nombre le
viene del santo enterrado allí. Según la leyenda
este no es otro que San Luis que, convertido al islam vivió
allí, haciéndose famoso por su don para curar la
picadura de escorpión.
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Sidi Bou Said fue patrón de piratas y
zona prohibida a no musulmanes hasta el XIX. La llegada en 1912
del barón Rodolph Dérlanguer fue el comienzo de
un nuevo peregrinaje de nobles y artistas como Klee, Gide, Macke
o Bernanos, que hacían del Café des Nattes su lugar
de encuentro. Hoy, el todo Túnez tiene aquí su residencia.
PLAYAS VÍRGENES
DEL NORTE
Uno de los mayores atractivos del norte tunecino
lo forman las playas vírgenes que jalonan su costa. Pocos
extranjeros han tenido el privilegio de bañarse en playas
tan memorables como las de Raf-Raf –un indicador en la carretera
entre Túnez y Bizerta señala la dirección
a tomar -, con dos kilómetros de arena blanca; Ras Sidi
Ali al Mekhi, Kalaat el Andlus o Ghar el Melh. Entre Bizerta y
Tabarka –las principales ciudades también con excelentes
playas e infraestructura hotelera incipiente -, aparecen Cap Blanc,
Cap Serrat, Sidi Mechrig, Cap Neggro o Jabbara, en una sucesión
de playas, calas y acantilados rodeados por verdes montañas
cubiertas de bosque.
LA COSTA DEL CORAL, DE
BIZERTA A TABARKA
La historia de la bella campesina Morjène,
arrojada al mar, según la leyenda, por no corresponder
al amor de un gran señor, da nombre al litoral del norte.
Morjène en árabe significa coral, ese bien que han
codiciado los pueblos más poderosos del Mediterráneo
y que crece en sus fondos.
Playas que se suceden entre Bizerta y Tabarka
durante 300 Km., montañas nevadas en invierto y sembradas
de alcornoques, pinos y eucaliptos; fértiles llanuras,
ríos y lagos rompen con la imagen del Túnez desértico
que se extiende muchos kilómetros más al sur. Sus
posibilidades para el turismo ecológico y deportivo, apenas
son conocidas por los extranjeros. Entre los otros atractivos
del Túnez verde, ocupa una posición fundamental
la caza del jabalí, una de las actividades que se practica
en las inminentes montañas de Krumeri; estaciones termales
como Hammam Bourguiba; las espectaculares ruinas de Dougga y Bulla
Regia; la encantadora Bizerta o la más turística
Tabarka –una de las playas favoritas de los tunecinos -.
Ésta ha creado, con la apertura del aeropuerto, un club
de golf, escuelas de buceo y hoteles de categoría, la infraestructura
necesaria para recibir al turismo europeo.
NABEUL, LA CIUDAD DEL AZULEJO
Desde hace algunos años, esta ciudad costera
vive también del turismo, aunque no por ello ha dejado
de ser un gran centro artesanal. La dedicación a la cerámica
se conoce en Nabeul, capital de la península de Cap Bon,
desde los tiempos de los romanos, e incluso es posible que date
de épocas anteriores. En los talleres de alfarería
que se suceden en el centro y en sus alrededores se pueden observar,
además de las piezas tradicionales, de tonos verdes y amarillos,
sencillas cerámicas porosas sin decoración; piezas
de influencia andalusi o italiana y cerámica barnizada
o esmaltada con elaborados dibujos que los artesanos realizan
sirviéndose sólo de su memoria.
LOS ARTISTAS DE HAMMAMET
La llegada del mecenas rumano George Sebastian
a Hammamet –una aldea pesquera, allá por los años
treinta, hizo de este rincón del Mediterráneo un
refugio de artistas, excéntricos e intelectuales. Sebastian
construyó una magnífica villa de estilo andaluz
con toques de art déco que su huésped Frank Lloyd
Wright definió como la casa más bonita que jamás
había visto. Jardines salvajes frente al mar, diáfanas
casi sin muebles y con una concepción visionaria del espacio
y el diseño; mármoles, cúpulas, negros y
blancos impecables alrededor de una piscina de columnas. En este
escenario no es difícil imaginar la atmósfera que
envolvía a invitados de Dar –casa -. Sebastian como
Man Ray, Giacometti, Gide, Bernanos, Klee o Macke. Los últimos
días de la campaña africana Rommel requisó
la mansión para instalar el más idílico de
los cuarteles, y Churchill escribió más tarde en
ella, sus memorias.
Hammamet se hizo famosa en los círculos
sociales y en los sesenta, la jet internacional hizo suyas sus
playas y las calles de la medina. Dar Sebastian es hoy un centro
cultural que cada verano celebra el festival del Mediterráneo.
Por él han pasado desde Bérjat y los Balles de Montecarlo
a Cristina hoyos, Gipsy King y Dizzi Gillespie.
PORT EL KANTAOUI, EL JARDÍN
DEL MEDITERRÁNEO
Inaugurado en los años setenta Port El
Kantaoui se define como el primer puerto-jardín del Mediterráneo.
Fiel al estilo árabe andaluz, este puerto de recreo situado
a pocos Km. de Susa puede acoger unas 300 embarcaciones. Blanquísimas
calles empedradas, restaurantes, tiendas, terrazas, jardines,
exclusivos apartamentos y ambiente selecto componen un conjunto
armónico. En sus alrededores, campos de golf y algunos
de los hoteles más lujosos del país.
SUSA Y MONASTIR, A LO LARGO DEL SAHEL
Entre los golfos de Hammamet y Gabes, la región
del Sahel –el litoral, en árabe-, se extiende, sembrado
de olivares, el territorio más próximo del país.
Ya lo era en tiempos de cartagineses y los romanos, como dejan
adivinar los abundantísimos vestigios que dejaron estos
pueblos –el más memorable se levanta en El Jem, un
rotundo coliseo romano en excelente estado de conservación-.
A ello se suman hoy los ingresos llegados de
las manos del turismo. Las doradas playas de Susa ocupan un lugar
obligado en los catálogos de agencias de viajes desde hace
décadas. Su veteranía en este sector ha dotado a
la ciudad de hoteles de categoría, restaurantes y todo
tipo de actividades de ocio, desde cabalgar o lanzarse en parapente
en la playa hasta jugar al golf en campos de primera. Como gran
ciudad turística, Susa tiene fama de vivir las noches más
largas y desveladas del país. Y lo más sorprendente
es que todo ello quepa en una ciudad fundada hace unos 2800 años
que conserva una de las mayores medinas del país, dueña
de valiosos monumentos.
También volcada hacia el turismo se haya
a pocos Kms. Monastir, la ciudad del ex presidente Bourguiba.
Los hoteles se suceden en la playa; y desde su magnífica
fortaleza, se respira el aire sosegado que envuelve el puerto
deportivo y las terrazas, frecuentadas por los estudiantes que
viven en la ciudad universitaria.
SÍMBOLOS Y BORDADOS DE LA CIUDAD SANTA
La cantidad de mezquitas y zaouias que se levantan
en Kairouán son el mejor testimonio de su santidad. Sin
embargo, durante la celebración de fiesta como el Mouled,
la fecha del nacimiento del profeta, la ciudad se engala en una
mezcla de fervor religioso y alegría popular. Todos sus
rincones se iluminan y de ventanas, cúpulas y muros cuelgan
tapices de colores. La decoración de las alfombras de Kairouán,
la alfombra clásica, vuelve a recordar su condición
de ciudad santa del islam. Originariamente su fondo era rojo y
sus adornos que rodeaban el dibujo central simbolizaban las lámparas
de la Gran Mezquita.
KAIROUÁN, LA CIUDAD
SANTA
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Hay quien afirma que siete viajes a Kairouán
equivalen a una peregrinación a la Meca. Cuarta ciudad
santa del islam, después de la Meca, Medina y Jerusalén,
ésta fue la primera ciudad árabe de Túnez.
Fue una revelación divina la que obligó a Oqba Ibn
Nafaa en el 670 a levantar una ciudad en mitad de una llanura
castigada por el sol e inundada en los meses de lluvia. El lugar
no parecía ser el más adecuado, y sin embargo no
dejaba de tener su lógica. Se hallaba en la ruta de las
caravanas –ésa es la traducción de su nombre-
y estaba a medio camino entre la costa, dominada por los bizantinos,
y las rebeldes tribus de las montañas. Piedras y mármoles
traídos de las ciudades romanas sirvieron para levantarla,
como atestiguan los capiteles de las columnas que soportan la
monumental Gran Mezquita cuya sala de oración pueden admirar
los infieles desde el patio. Al igual que las murallas, ésta
fue reconstruida por los aglabíes, que engalanaron la ciudad
y construyeron los estanques que llevan el nombre de la dinastía.
Éstos no tienen gran interés, no así la mezquita
del Barbero, con espectaculares azulejos; la fachada de la mezquita
de las Tres Puertas (no se visita el interior) o los zocos, quizás
los más auténticos del país. Una curiosidad:
Bir Baruta, un pozo del siglo XVII movido por un camello.
LAS VIVIENDAS TROGLODITAS
Al sur de Gabes, en una reseca región
a las puertas del desierto, la tribu bereber de los Matmata excavó
sus viviendas en la tierra y en las faldas de las montañas:
agujeros de hasta 15 metros de diámetro y siete de hondo
de los que se distribuyen, en dos pisos, las estancias y el granero.
Perseguidos desde la antigüedad, los trogloditas se escondían
así tanto del sol como de sus enemigos. Pueden visitarse
casas trogloditas habitadas en Matmata como Techine. Sus paisajes
lunares sirvieron de escenario a Lucas y Spielberg en la Guerra
de las galaxias y En busca del arca perdida.
EL GRAN SUR, OASIS, ESPEJISMOS
Y DESIERTOS
Al sur de Gafsa, puerta de entrada al Gran Sur
tunecino, se extiende la región sahariana, que ocupa más
de la mitad del país. Áridas llanuras conducen a
zonas montañosas sin apenas vegetación, lagos salados,
paisajes con millones de palmeras y, finalmente, las arenas del
desierto. Ésta es la región más conservada
de Túnez y también la más espectacular. Mujeres
envueltas en mantos negros y hombres con bournus y turbante deambulan
por los poblados. Al abrigo de los palmerales la región
de El Jerid –el país de las palmeras- tiene su capital
en Topzeu, con hoteles de todas las categorías y aeropuerto-
La ciudad sagrada de Nefta, con las blancas cúpulas de
los morabitos, despuntando en la vegetación, es de visita
obligada, al igual que los oasis de montaña que se descuelgan
por el Atlas: Chebika, Tamerza y Midés. Cruzando el lado
salado de Chott el Jerid por la carretera que lo atraviesa, los
espejismos se perfilan en el horizonte sobre una brillante capa
de sal. Del otro lado del lago, Douz, una pequeña ciudad
típicamente sahariana, constituye la antesala del desierto,
con la magia de las dunas casi a la puerta de los hoteles.
LA PESCA DE LAS ESPONJAS
A lo largo del golfo de Gabes, en las islas Kerkenna
y Jerba –especialmente en Ajim- y en Zarxis, se puede asistir
a la curiosa práctica en la que los pescadores recolectan
las esponjas del mar, sobretodo cuando las aguas están
más transparentes, a menudo muy cerca de la playa. Además
del método más rentable y moderno, en el que se
sumergen con bombonas, se realiza también la pesca con
una especie de arpón y un cubo con fondo de cristal que
ayuda a localizar las esponjas naturales que poco después
adornan las tiendas de los zocos.
JERBA, LA ISLA DE LOS LOTÓFAGOS
Esta isla que se une a la costa oriental de Túnez,
por la carretera que construyeron los romanos disputa a Mallorca
y Menorca el haber sido el lugar que tanto costara abandonar a
Ulises: la misteriosa isla de los comedores de loto. Como buena
isla, Jerba ha mantenido costumbres peculiares que la diferencian
del continente. Muchas de sus mujeres siguen vistiendo a la manera
tradicional, con mantos negros coronados por un sombrero de paja;
y sus casas, los menzebes se rodean por una tapia de cactus y
chumberas que dejan más que claro el deseo de intimidad
de sus propietarios.
Sus pequeñas dimensiones y su geografía
llanísima hacen posible recorrer sus palmerales, playas
salvajes y poblaciones en bicicleta. Tras alquilar una en Houmt-Souk,
pequeña ciudad con mercados animados a todas horas, mezquitas
tan atípicas como la de los Turcos o la de los Extraños
o antiguos fonduks en los que hoy se alojan los viajeros que buscan
sensaciones auténticas, es posible encaminarse hacia la
playa de Sidi Mahrez, la zona de los hoteles de categoría.
Todavía más interesante es dirigirse al interior
por pequeños senderos hacia Guellala, famosa por sus alfareros;
el puerto de Ajim, el mercado de los viernes de Midoun, la extraña
mezquita de el-May o la sinagoga de la Ghriba, a la que acuden
peregrinos de todo el mundo.
LA PUERTA DEL MEDITERRÁNEO
La medina de Túnez alberga más
de 700 monumentos madersas, palacios, mausoleos y, a la cabeza
de todos, la Gran Mezquita Ez-Zitouna (del olivo). , levantada
por omeyas y aglabíes. A su alrededor se establecieron
las mejores familias y los zocos lujosos –joyeros, perfumistas,
artesanos de chechias libreros o vendedores de telas -. Su mejor
momento lo vive durante la segunda quincena del Ramadán,
cuando sus calles se convierten en pura algarabía, con
tiendas abiertas hasta la madrugada.
Reza el Corán que el huésped es
un enviado de Dios, y como tal, digno de la más generosa
acogida. En Túnez muchas leyes del libro sagrado de los
musulmanes son más un símbolo que una obligación
–de hecho la poligamia está prohibida, sus mujeres
gozan de pleno derecho desde la época de los 50 y, a pesar
de la prohibición islámica de beber alcohol, producen
tintos tan memorables como el Magon Vieux o el Sidi Said. -. Sin
embargo, la hospitalidad con la que acogen al llegado de otras
tierras, ha logrado perdurar inalterable. La invitación
a un vaso de té y un ramillete de jazmín o azahar
se traduce en su más sincero deseo de bienvenida.
Por su situación entre el Mediterráneo
oriental y el occidental, los tunecinos llevan siglos aprendiendo
a recibir al extranjero y a asimilar de él lo más
útil. Todos los pueblos que dominaron el Mare Nostrum anclaron
sus naves en algún punto de los 1.300 Kms de litoral y
salpicaron con sus costumbres las de los moradores originarios,
los bereberes. Éstos, al no tener grandes montañas
en las que refugiarse, se mezclaron con más facilidad que
en los países vecinos. Fenicios y cartagineses establecieron
sus factorías a lo largo de la costa, romanos y bizantinos
cristianizaron a sus habitantes y sembraron las zonas más
fértiles de ciudades que han legado a Túnez un vastísimo
patrimonio cultural que ocupa un lugar privilegiado en la ruta
de los arqueólogos, y entre otros pueblos, el paso con
más pena que gloria de los vándalos. Haciendo honor
a su nombre, dejaron tras de sí poco más que un
rosario de estatuas romanas con la nariz rota y ciudades arrasadas.
Los árabes, sin embargo, llegaron por
tierra. Su destreza como marinos no estaba, allá por el
sigloVII, a la altura de los bizantinos. Desde su base en Kairouán,
sucesivas dinastías conquistaron las ciudades, expandieron
poco a poco su religión y su idioma y se enriquecieron
con el comercio de oro y esclavos que traían de Sudán
las caravanas saharianas. A esto se debe la piel oscura de algunos
tunecinos, sobretodo en el sur, aunque la base bereber –
aparentemente de tez clara- y el paso de otomanos y europeos añadiera
nuevas mezclas que hacen difícil definir la fisonomía
del tunecino tipo. Con la misma naturalidad con la que se aceptaron
influencias de unos y otros, Túnez dio la bienvenida al
turismo hace más de tres décadas. Playas, ciudades
monumentales, desiertos y los legados en ruinas y monumentos de
los pueblos que recalaron en su suelo son hoy sus bazas más
sólidas para cultivar al viajero.
La convivencia entre dos mundos es el hilo conductor
del recorrido por Túnez. Desde el primer paseo por su capital,
los lindes entre la ciudad vieja y la nueva quedan perfectamente
limitados por la Puerta del Mar. De un lado, la encrucijada de
callejuelas desgastadas de la medina, las mercaderías relucientes
de los zocos y el olor a fritanga de los pastelillos de dátil
y miel, el makroud, que se vende en las pastelerías y en
las calles. Del otro quedan los kioscos de flores y periódicos
de esa auténtica rambla que es la Av. 7 de Noviembre, la
animada arteria principal de la ciudad moderna; los barrios coloniales
que alojaron a los franceses, hasta concluir el protectorado de
1956 y las tiendas occidentales donde el turista puede hacer el
mayor de los ridículos intentando regatear. Los límites
físicos están ahí, pero no hay el mayor inconveniente
en saltárselos a la torera. A nadie asombra que una mujer
cubierta con sifsari pasee con su hija ceñida dentro de
unos vaqueros ni que una pareja de jóvenes se deshaga en
arrumacos en un café de la medina; que en pleno barrio
europeo se monte un mercadillo de lo más africano o que
una mujer policía intente poner orden en el tráfico
a la hora punta; que en los zocos se vendan productos made in
Taiwan al lado de alfombras tejidas a mano o que lo último
de Madonna resuene en un sombrío pasadizo de aspecto medieval.
La puerta del barrio portuario de La Goulette
se erige como un símbolo de la comunión de los dos
mundos, que coexisten en este país tan mediterráneo
como sahariano. Una de sus caras es moderna, mientras que la otra
es otomana, del siglo VI . Esta puerta da acceso al barrio en
el que hasta 1957 vivían más franceses e italianos
que tunecinos. Entre ellos, artistas, escritores y famosos que
hoy viven en Europa, como Claudia Cardinale, su hija predilecta.
En sus restaurantes de pescado se dan cita al atardecer familias
al completo y europeos cuya nostalgia de la época colonial
conduce cada verano a las calles de su infancia.
A este animadísimo barrio popular le
siguen los más aristocráticos de la Marsa, Gammarth,
Cartago y Sidi Bou Said. Este último es el favorito de
turistas y tunecinos. Hacerse un hueco en las escaleras del Café
de Nattes, el rincón más característico del
pueblo, para degustar un té con piñones, está
en el programa de los turistas. Los tunecinos prefieren algo menos
obvio, como el discreto café que casi continúa la
escalera, o el de Sidi Chaabane, envuelto por el aroma dulzón
de las pipas de agua y el azahar, los jazmines pelargonios que
crecen en sus jardines. En sus terrazas descolgadas por una pendiente
que mira sobre los yates de recreo del puerto deportivo y la bahía
de Túnez, recalan los viernes y sábados las parejas
de novios de la capital en un modoso paseo semanal.
Pasados los últimos suburbios de Túnez,
una carretera lisa flanqueada de eucaliptos y campos sembrados
avanza por el valle del río Meyerda en dirección
hacia Bizerta. Los paisajes verdes, más de lo habitual,
ya que este ha sido también un invierno de lluvias, anuncian
el Túnez fértil y rural del norte. Las carreteras
están generalmente bien señalizadas en francés
y árabe y los controles policiales son habituales.
A la velocidad máxima permitida, 90 Kilómetros
por hora, esta sosegada ciudad se alcanza en poco más de
una hora. El melancólico puerto viejo de Bizerta, guarida
de los piratas de la Berbería que se ensañaban con
los barcos cristianos, deja a un lado las húmedas murallas
de la alcazaba y del otro las calles del colonial para, entre
ambas, perderse en los zocos y el decadente barrio que acogiera
a los moriscos expulsados de España: un laberinto conocido
todavía como el barrio de los andaluces. Su desarrollo
turístico es moderado. Ningún gran hotel, aunque
sí pequeños establecimientos con mucho encanto,
se levanta sobre sus playas, haciendo las delicias de quienes
buscan zonas sin explotar.
En dirección a Tabarka, el relieve se
encrespa en verdes montañas en las que pastan los rebaños
de ovejas y vacas vigilados por las campesinas, que miran desde
lo lejos, enfundadas en sus mehlias de colores. Pasados los contornos
del Parque Nacional de Ichkeul, los pequeños senderos conducen
a través del bosque a las playas vírgenes que dibujan
la Costa del Coral hasta llegar a Tabarka, una de las estaciones
balnearias preferidas por los tunecinos. Su despegue turístico
es todavía reciente. Construida a los pies de las montañas
de la Krumeri, su puerto sirvió a Roma para exportar a
la metrópoli el mármol de Chemtu, el trigo de Beja
–la despensa de Roma- y las fieras de los bosques. Si el
último león fue abatido a finales del siglo pasado,
las cacerías de jabalíes siguen siendo el principal
atractivo de pueblos como Ain Draham. A los aficionados a la caza
se le unen los amantes del ecoturismo, con salvajes montañas
que recorrer y buceadores que buscan el coral del mar.
El número de extranjeros que se ha llegado
hasta la parte del norte no puede compararse a las consolidadas
estaciones que se esparcen desde el Cap Bon hasta Jerba. La única
autopista del país, que une la capital con la pionera del
turismo tunecino, Hammamet, y prosigue hasta Susa, deja olivares
que alfombran ordenados los campos hasta perderse en el horizonte.
Hammamet no era más que una bucólica
aldea de pescadores cuando fue descubierta por el mecenas George
Sebastián. En la enorme mansión que se hizo construir,
huéspedes como Paul Klee, Bernanos, Macke, Man Ray Giacometti
o André Gidemostraron al mundo esta aldea pintoresca, bañada
por el Mediterráneo, a cuyas orillas no tardaron en llegar
artistas y viajeros. Los hoteles que bordean la costa hasta Nabeul,
disimulados entre las palmeras y ambiente playero de terrazas,
tiendas y restaurantes, no ha logrado romper el encanto de su
preciosa medina. Los insistentes vendedores de recuerdos se han
hecho con las calles próximas a la fortaleza que domina
la ciudad, pero a sólo dos pasos, el pulso de la ciudad
antigua ha logrado sobrevivir a las hordas de visitantes.
En el otro extremo del golfo, Susa, la Hadrumetum
romana, aúna su condición de gran ciudad cultural,
económica y turística. La zona hotelera, volcada
sobre el mar, da la espalda a la medina, una de las más
grandes y mejor conservadas. Al norte, Port el Kantaoui, con sus
yates de recreo, sus campos de golf y sus hoteles exclusivos,
se presenta como su apuesta por el turismo exclusivo. En Monastir,
poco más al sur, el ambiente es más tranquilo. Su
fortaleza frente al mar y el mausoleo de Bourguiba se hizo construir
para ser entregado rinden visita obligada, al igual que el imponente
coliseo de El Jem, muy cerca, en la carretera que lleva a Sfax.
La distancia entre los olivos va en aumento
a medida que se avanza hacia el sur y la tierra se vuelve más
reseca; y las diferencias entre el Túnez urbano y rural
se acentúan al dejar las ciudades del litoral. En la ruta
hacia el interior las campesinas se esconden, arrebujadas en las
telas de sus trajes, de las miradas extranjeras. La empalizada
de chungueras que flaquea la carretera hasta Kairouán parece
haberse plantado para proteger de curiosos la intimidad del Túnez
rural, el traspaís de tradiciones arraigadas al que pocos
tienen acceso. Los primeros rebaños de camellos deambulan
por la tierra roja, aunque el camino hasta el desierto todavía
queda lejos. Sobre una llanura que se cuece en verano a cuarenta
grados a la sombra Kairouán resiste como la reserva espiritual
de Túnez; con rotundas mezquitas que reafirman su condición
de cuarta ciudad del islam, y el ambiente algo africano de sus
zocos, los más auténticos del país, que participan
ya de los aires presaharianos que se respiran algo más
al sur.
Con la presencia casi permanente de las montañas
de la Dorsal en el horizonte, la carretera avanza hacia Gafsa
en un paisaje que pasa del ocre al rojo y al amarillo. Las hileras
ordenadas de olivos conducen a una región de altas estepas
que anuncia la proximidad del Sahara. El oasis más septentrional,
la polvorienta Gafsa, actúa como auténtica bisagra
entre el norte y el sur. Bajo sus límites despliega sus
misterios la misma región sahariana que atrajo a viajeros
de otros tiempos. Desde el Bekri y León el Africano, que
en el s. XIV predijo el futuro de los nómadas, ya desaparecidos,
a la aventurera Isabelle Eberhardt, que viajó durante siete
años por ella disfrazada de hombre. El Jerid, el país
de las palmeras, se refugia en oasis como los de Tozeur y Nefta,
la ciudad sagrada; los que se descuelgan por el Atlas y los que
no aparecen en los mapas. Ancianos con túnicas blancas
y turbantes y mujeres que se protegen del polvo y las miradas
envueltas en mantos negros, y riadas de niños que salen
del paraje más remoto camino de la escuela Del otro lado
del Chott, ese desierto de sal arenoso y liso que dibuja espejismos
y que, según cuentan, se ha tragado a miles de camellos,
queda Douz, a los pies de las dunas; y las viviendas trogloditas
y los ksour, los castillos del desierto agujerean la tierra de
los matmatan en Medenine, Ouled SoultaneTataouine y los pueblos
de esencia bereber. Gares y la isla de Jerba son los últimos
oasis, rodeados de mar. Esta isla, la de los comedores de loto,
es la tierra que tanto costó abandonar a Ulises. El riesgo
de no querer marcharse es todavía su mayor peligro.
LA RUTA PÚNICA:
Fuerte de Kelibia |
Los
fenicios llegaron a las tierras de Túnez hace más
de 3.000 años y nuestra ruta hoy, nos llevará
en coches 4x4 por estas tierras.
Estamos en un bello paisaje mediterráneo y un mar
limpio. Nuestra ruta nos llevará por carreteras y
caminos rurales atravesando campos de cultivo y pueblos
diseminados hasta llegar al fuerte de Kelibia, construcción
fenicia, después romana y bizantina con una belleza
extraordinaria y vistas al mar mediterráneo divisando
Italia desde la parte más alta del castillo. |
|
Después
de visitar el fuerte nos aceramos a las ruinas de Kerkouane,
ciudad fenicia construida hace más de 2.600 años,
con distribución arquitectónica digna de ciudades
de hoy con canalizaciones de agua, baños, ágora,
forum, calles, vistas al mar desde las propias casas, lugar
de culto, etc. |

Vista aérea. Kerkouane
|
Terminada nuestra visita a Kerkouane, nos dirigimos
a Al-Mansoura, donde podrémos visitar las gigantescas grutas
con capacidades de hasta 400 personas que los romanos las utilizaban
para retener a los esclavos para ser embarcados y vendidos en
otros destinos.
Al Mansoura es un lugar bello y hermoso con vistas
grandiosas sobre el mar mediterráneo y donde efectuaremos
la comida en un restaurante típico.
Después del almuerzo. Tiempo libre y regreso al hotel.
UN PARAÍSO PARA
LOS DEPORTISTAS
Planear en ultraligero por el desierto, sobrevolar
los oasis en globo, derrapar en las dunas conduciendo un kart,
galopar en un caballo árabe por playas vírgenes,
jugar al golf o sumergirse en fondos de coral son algunas de las
posibilidades que se ofrecen a los incondicionales del deporte
gracias a las instalaciones de calidad que cada año se
incrementan en las zonas más turísticas.
Su proximidad a Europa convierte sus costas
en un destino idóneo para navegar desde España.
También contribuye el clima, con una temperatura media
de 18 grados, y los vientos, más favorables que en el norte
del Mediterráneo, haciendo que el periodo para navegar
sea tres meses más largo. A lo largo del litoral existen
26 puertos y fondeaderos para amarrar embarcaciones de recreo.
El litoral de Hammamet, Sousse y Jerba es el más indicado
para navegar y practicar deportes náuticos como el windsurf,
mientras que las costas más rocosas de Tabarka, Bizerta,
el norte del Cap Bon, Monastir y Mahdia lo son para deportes subacuáticos.
Tabarka, con cuatro modernos clubs, es uno de los grandes centros
de buceo. A partir de los 45 metros de profundidad es posible
encontrar coral, lo que ha propiciado que durante este mes se
celebre el Campeonato Internacional de Fotografía submarina
“Coralise II”. La pesca submarina, al igual que la
tradicional caza de jabalí que se practica de septiembre
a febrero en las montañas del norte, o la caza de gacelas
en el sur, están estrictamente reguladas. También
habrá que añadir las facilidades que ofrecen muchos
hoteles: tenis, fitnes o deportes acuáticos en el litoral.
Otras citas importantes de interés son el rallye del sur,
en abril; la regata de Tolón a Bizerta, en julio; la regata
de windsurf en Jerba, en septiembre; o las travesías en
globo del lago salado y de los oasis, en octubre y noviembre.
FESTIVALES, UNA CITA CON
LA TRADICIÓN
Por tradición, los musulmanes evitan hacer
ostentación de su riqueza tanto en el comportamiento y
la parte exterior de sus casas como en la vestimenta –el
velo, además de cubrir a la mujer de miradas indiscretas
servía para igualar las clases sociales, ya que bajo un
manto es difícil adivinar la valía de las ropas
-. Los vestidos caros, las joyas y los perfumes se reservan para
la privacidad del hogar y grandes ocasiones como las que brindan
los festivales folclóricos. Éstos se celebran a
lo largo del año por todo el país y constituyen
hoy la mejor forma de conocer las costumbres que durante siglos
han practicados los tunecinos.
| 
Jaima nómada |
A pesar de que algunos de estos festejos han
cobrado un carácter algo turístico, la gran mayoría
atrae tanto a extranjeros como a gente de la religión y
de las ciudades, muchos de ellos ajenos a la tradición.
Todos los ingredientes música, bailes, vestimenta y costumbres-
que acompañan a los grandes momentos de la vida para la
sociedad tunecina tradicional –el nacimiento, la circuncisión,
la boda y la muerte- se viven en una mezcla de celebración
religiosa y festiva. La esencia de los festivales varía
en cada religión, siendo en el sur, el Túnez más
conservador, donde mejor se han preservado tradiciones más
genuinas. En pocas ocasiones será tan sencillo observar
cómo los beduinos realizan tareas cotidianas como moler
el pan a la manera de antaño, echar un vistazo a una jaima
nómada –hoy los nómadas se han sedentarizado-
o fotografiar a sus mujeres, a menudo tatuadas en las manos y
la cara.
Estos tatuajes, en desuso actualmente, se remontan
a los tiempos en que los bereberes eran perseguidos. Al nacer
los niños sus madres les hacían un tatuaje secreto
para poderlos reconocer algún día si fueran raptados.
Además de ahuyentar el mal de ojo, los tatuajes femeninos
de mentón, frente y mejillas aportan información
sobre su estado social.
No menos espectaculares los festivales culturales
llevan en ocasiones eventos de todo tipo –cine, conciertos,
etcétera. –a escenarios como el teatro romano de
Cartago, Douggao El Jem o la fantástica casa del mecenas
Sabastian en Hammamet.
PLACERES GASTRONÓMICOS
En los platos tunecinos confluyen los sabores
mediterráneos, turcos y magrebíes condimentados
con los aromas del comino, el clavo, la hierbabuena, el cilantro,
la canela, la cúrcuma, el pimentón, y una variedad
ilimitada de especias más. Exceptuando las zonas de la
costa, donde abundan los meros, las langostas, los atunes, los
salmonetes, las lubinas, los lenguados y las cigalas frescas,
los platos más tradicionales se ciñen, generalmente,
a la carne y las verduras guisadas.
Se suele comenzar la comida con un aperitivo
muy tunecino: aceitunas y pequeñas rebanadas de exquisito
pan con harissa , una salsa muy picante que, según afirman,
ayuda a abrir el apetito en los días de calor más
intenso. Una extensa variedad de entrantes fríos y calientes
denominada kiema es la mejor forma de probar algunos de los platos
más tradicionales. En pequeñas porciones llegan
bandejas de ensaladas como la mechuia, hecha con pimientos, tomates
y cebollas asadas al grill; y otros platos como los briks, una
masa muy fría que se fríe en forma de triángulo
con un relleno de huevo no muy hecho con carne o atún,
gambas o queso; la shakshuka, un guiso de sabor parecido al pisto;
la ojja, huevos revueltos con ajo, tomates y patatas guisadas,
o los deliciosos dedos de Fátima, rellenos de carne y verdura.
En casi todos los restaurantes se puede degustar
uno de los platos más emblemáticos, el cus-cus.
Ésta es una comida consistente de origen bereber que se
elabora con sémola al vapor servida con carne de cordero,
pollo, vaca o salchichas - en las zonas de la costa se hace con
pescado- y verduras condimentadas con canela y pimienta. En todas
las regiones se elabora el cus-cus con alguna suculenta variedad.
El tajín tunecino, a diferencia del marroquí, es
como una empanada cocida al horno, con verduras, pollo, queso
o atún.
| 
Cus-cus |
También se debe probar la garguolette
, un estofado de cordero que requiere horas de elaboración;
la pierna de cordero al grill o mechoui; el mirmiz, estofado de
cordero, salsa picante y garbanzo; las gambas a la kerkenesa,
cocidas en salsa de tomate; el cordero a la menta o a la kamounia,
novillo con hígado y comino.
Los postres merecen atención especial.
En las pastelerías exhiben dulces de dátiles, miel,
hojaldre y frutos secos que hacen difícil la elección.
Entre los más recomendables, el buzza, crema de piñones
y almendra. El baklawa, de hojaldre y miel; el makroud, con dátiles
y una especie de turrón; la bjawia, con pistachos, almendras
y miel.
DE COMPRAS POR LOS ZOCOS
Zoco viene de souk , que significa mercado; ese
lugar sonde impera el ragateo y quienes rindan culto al deporte
de comprar pueden batir auténticos records.
| 
Alfarero.Guellala |
En todas las ciudades se pueden adquirir los
mismos productos, aunque cada región tiene sus especialidades.
Jerba y Nabeul son los dos centros alfareros por excelencia. Esta
tarea, propia de los hombres, viene realizándose en Túnez
desde el neolítico. El uso para la decoración o
el empleo doméstico determina el colorido de las piezas.
En Guellala (Jerba) puede verse a los alfareros torneando desde
sencillas ánforas de barro hasta platos y fuentes que serán
barnizados y pintados con elaborados y dibujos. También
en Nabeul es posible visitar los talleres en los que asistir a
todos los procesos de la producción Los colores de la cerámica
de esta ciudad son el verde y el amarillo, aunque pueden verse
también azulejos y cerámicas esmaltados de influencia
andalusí, otomana e italiana. Sejnane, un pueblecito del
norte, se distingue por un tipo de cerámica de aspecto
primitivo. La tradición alfarera se extiende también
a Moknine, el Cap Bon, Kesra, Douiret, Tozeur y El Hammade Gabés,
entre otros.
A excepción del gtif, un tapiz nómada,
la elaboración de kilims, alfombras y mantas es tarea de
mujeres. Es raro que hombres y mujeres trabajen en el mismo lugar
y que fabriquen el mismo producto. Las mujeres tejen sobretodo
la lana en ocasiones la seda y jamás el algodón
puro, y suelen decorar sus trabajos con dibujos y bordados. Los
hombres sin embargo apenas decoran sus tejidos y, a diferencia
de las mujeres, que trabajan en talleres femeninos o en sus casas,
se agrupan en gremios en la medina. Antes de casarse, cada joven
preparaba las mantas y alfombras de su ajuar durante años.
Sólo desde las últimas décadas, su confección
se convirtió en un trabajo remunerado. Zerbia es el nombre
con el que se definen las alfombras de nudos. Los kilims, con
rayas lisas, y mergoum, con rayas y dibujos geométricos,
se tejen en telares. Estas últimas son la especialidad
de Oudref. Las alfombras de nudo pueden ser alloucha (que viene
de allouch, cordero) , de pelo largo y colores neutros.; y las
polícromas, de pelo más corto. Entre las alfombras
clásicas destacan las de Kairouán, cuyos diseños
están inspirados en la decoración de la Gran Mezquita
de esta ciudad.Las calidades más altas llegan a tener hasta
500.000 nudos por metro cuadrado y alcanzan precios astronómicos.Son
también famosas las alfombras de Gabes y Gafsa,
La orfebrería es el otro plato fuerte
de la artesanía. Las joyas eran ofrecidas a la novia por
su futuro esposo y, además de acentuar a la belleza, protegían
doblemente a la mujer. Por un lado los amuletos –la mano
de Fátima, el pez o el cuerno- ahuyentan el mal de ojo.
Del otro, al ser el divorcio una práctica habitual entre
los musulmanes, las joyas se convertían en una garantía
para las mujeres caso de separación, convirtiéndose
en un primer paso hacia las pensiones actuales. Se dice que los
mejores joyeros del país, después de los joyeros
en Jerba, son los de Dfax. En estas ciudades, además de
en la capital, se trabaja muy bien el oro, el material más
solicitados por las mujeres de la ciudad, combinado con piedras,
esmaltes o perlas. En las zonas rurales se prefiere la plata símbolo
de la pureza y la franqueza, ya que el oro se asocia a todos los
vicios. Las joyas bereberes, trabajadas al cincel, reproducen
modelos antiguos de pendientes, broches para sujetar los vestidos,
collares, diademas, pulseras o los brazaletes que las casadas
llevan en los tobillos. Estas joyas que representan la sumisión
al marido, están hoy en desuso. También las piezas
de coral que se venden especialmente en Tabarka merecen atención
especial. Otros originales regalos que llevan a casa son las jaulas
de Sidi Bou Said, los bordados de Sousse, la pintura sobre vídeo
de origen otomano, la artesanía de latón y cobre,
la pintura sobre madera, los zapatos del desierto, serpientes
y escorpiones disecados, ropa y bolsos de cuero, pipas de agua,
tan-tan , rosas del desierto, esencias de jazmín o azahar
destiladas artesanalmente. , incienso para alejar el mal de ojo,
esponjas naturales, cintas de música tunecina, perfumes,
henna –famosa en Gabes -, especias y los exquisitos dátiles
deglet enour de la región de los oasis.
LOS REFUGIOS DEL VIAJERO
Gracias a la fidelidad del turismo europeo, la
oferta hotelera tunecina ha sufrido un considerable incremento
en los últimos 27 años tanto en número de
plazas como en calidad. Más de 165.000 camas hoteleras,
de las cuales aproximadamente la mitad tienen menos de 10 años,
se distribuyen a lo largo de la costa en un 90%: Susa, Hammamet,
Jerba, Monastir, Nabeul, Tabarka, y en menos medida, Bizerta,
Sfax y Gabes además de enclaves como Mahdia y otros pueblos
de la península de Cap Bon. El resto se ubica fundamentalmente
en Túnez capital y en las ciudades de Tozeur y Douz, en
la región de los oasis.
El sector turístico emplea de forma directa
a unas 60.000 personas y a 200.000 de forma indirecta, contribuyendo
de forma muy notable al desarrollo económico y social del
país. La línea ascendente de la demanda turística
hace posible prever que en el año 2000 Túnez podrá
alojar entre 31 y 55 millones de turistas. El 18% de la hostelería
corresponde a hoteles de alto rango, 4 y 5 estrellas; el 72% a
hoteles de categoría media, 2 y 3 estrellas; y el 10% a
hoteles de una estrella y sin clasificar.
Los precios de los hoteles varían en
función de la temporada y, generalmente, su categoría
se corresponde con la clasificación internacional por estrellas.
La diversidad de servicios y calidad entre hoteles de la misma
categoría es sin embargo, bastante amplia. Especialmente
los hoteles modernos de cierta categoría, cuentan con todo
tipo de comodidades en la habitación, mientras que los
más antiguos la recepción, restaurantes, jardines
y zonas comunes suelen estar por encima de la calidad de las habitaciones.
Los hoteles de cuatro y cinco estrellas cuentan
habitualmente con instalaciones comparables al nivel europeo (restaurantes,
bares, jardines, fitness, actividades completarais o piscinas).
Dentro de la categoría tres estrellas pueden encontrarse
también modernos hoteles con instalaciones como piscinas,
animación o deportes, y en algunos casos también
en los de dos estrellas.
Túnez cuenta además con otros
tipos de alojamientos: residencias para familias, especialmente
en el litoral, y apartamentos y casa de alquiler que se contratan
a través de inmobiliarias. Sidi Bou Said es uno de los
lugares preferidos por muchos europeos para alquilar una casa
durante el verano, mientras que en el exclusivo puerto deportivo
de Port El Kantaoui en las afueras de Susa, se pueden alquilar
apartamentos frente a los yates de recreo.
Entre las opciones más indicadas para
el turismo joven pueden elegirse desde encantadores hoteles en
la costa con sólo una o dos estrellas, como el hotel Les
Jasmins de Nabeul o el Samaris de Hammamet con muy buen precio
y excelente cocina familiar, hasta casas trogloditas habilitadas
en Matmata o Ksar Haddada, o fonduks, antiguas pensiones para
mercaderes, acondicionados con mucho encanto en Jerba. El camping
añade otra posibilidad. No suelen tener muchos servicios
pero hay algunos situados en lugares tan extraordinarios como
en el oasis Mides donde plantar la tienda frente a un acantilado
entre palmeras sólo cuesta un dinar al día.
Con la colaboración de la Oficina Nacional de Turismo de
Túnez
Redacción: Ana G. Vitienes, Leticia Ojeda, Elena del Amo
y Juan Jose Esteban
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