Túnez

 

 

GEOGRAFÍA

Limita al norte con el mar Mediterráneo, al sur con Libia y Argelia, al este con el mar Merditerráneo y Libia, y al oeste con Argelia.

La mitad septentrional del país está ocupada por una serie de cadenas montañosas dispuestas en sentido suroeste - noreste, que suponen la prolongación del Atlas telliano argelino y alcanzan su punto culminante en el Yebel Chambi, de 1544 mts. En el centro y sur se extiende la estepa semidesértica.

El río más importante es el Medjerda. Entre los lagos cabe citar el Djerid y el Bizerta.

En el norte el clima es de tipo mediterráneo, con precipitaciones cercanas a los 1000 mm anuales. El resto, que supone la mayor parte del país, cuenta con un clima semiárido o árido, con precipitaciones que no llegan a los 100 mm anuales

 

LAS ESENCIAS MÁS PURAS DEL MEDITERRÁNEO

El Mediterráneo es una forma de vida, una arquitectura, una tradición, una música, una gastronomía, un temperamento y una sensibilidad propia. En la ribera del norte, al igual que en la del sur, los dichos de su gente, sus gestos y su sentido del humor los sabores y buena parte de su filosofía de vida, son herederos del rosario de los pueblos que circularon con sus mercaderías y sus ideas de uno a otro lado del mar.

Que los cristianos se quedaran en el norte y los musulmanes en el sur no ha podido, ni en muchos casos permitido, borrar las huellas de civilizaciones comunes a ambos lados del litoral. Desde Tabarka, la ciudad más occidental de la costa tunecina, hasta Zarzis, en el extremos suroriental, se desparraman paisajes, pueblos enteros, conjuntos monumentales y gentes que encierran el tarro de las esencias mediterráneas tanto como sus vecinos de las costas cercanas de Italia, las de Grecia o España.

La música clásica tunecina, el malouf, llegó de la mano de los moriscos y su sonido melancólico funde sus raíces con las del cante jondo, el aceite de oliva es ingrediente obligado en sus platos, sus pueblos se protegen del calor apiñándose en callejas estrechas encaladas en blanco, al igual que tantos otros de Andalucía y muchas de sus mujeres se cubren con mantos similares a las famosas y recientemente desaparecidas tapadas de Vejer de la Frontera.

 

UN MAR DE DUNAS EN EL QUE SE DESDIBUJAN LAS FRONTERAS

Al sur de Gafsa se extiende una región de 90.000 Kilómetros cuadrados que ocupa más de la mitad del país. Llanuras quemadas por el sol de las que brotan inmensos palmerales, mares salados donde moran los espejismos y pueblos remotos excavados en las montañas dan paso a las dunas de Gran Erg, donde la arena es más suave que la henna, y sólo los pozos y oasis apaciguan la sed.

Algunos de los oasis más bellos del mundo se encuentran en este misterioso territorio, como el de la ciudad sagrada de Nefta o el de Tozeur, la capital de Jerid, el país de las palmeras. Al abrigo de éstas crecen fértiles huertos frutales que han permitido el desarrollo desde tiempos inmemoriales de la cultura beduina. Los nómadas hoy se han sedentarizado, pero sus tradiciones se han preservado mejor que en cualquier otro rincón del país. Es aquí donde valores tradicionales como la hospitalidad, el honor, la palabra sagrada, la austeridad, la nobleza la obediencia al padre, siguen rigiendo la vida, y donde viajeros de todos los tiempos han sentido la necesidad imperiosa de perderse. A diferencia de antaño, éstos pueden hoy adentrarse en la región sahariana de muy diferentes formas: desde dormir en un jaima en pleno desierto, o en una vivienda troglodita convertida en hotel en Ksar Haddada o Matmata hasta alojarse en un hotel de cinco estrellas en Tozeur; desde recorrer los océanos más profundos en un viaje organizado hasta partir en un todo terreno o en camello por las pistas y las dunas durante un mes con un guía beduino.

 


PLAYAS, PALMERAS, Y UN MAR INFINITO Y AZÚL

Un litoral de 1.300 Km ha servido a Túnez para competir como destino playero con otros países mediterráneos. Más de 4 millones de turistas, europeos el 57%, eligieron Túnez en 1995. Su clima y proximidad (apenas 2 horas de vuelo desde España), la diversidad de su oferta, la posibilidad de realizar todo tipo de deportes como la navegación, el buceo o el golf, la seguridad ciudadana y sus bajos precios, figuran entre los motivos principales.

La oferta hotelera con cerca de 165.000 camas, se concentra fundamentalmente en la capital, Hammamet, Nabeul, Susa, Monastir, Jerba, Tabarka –donde la reciente construcción del aeropuerto ha dado un espaldarazo a una zona apenas conocida por los extranjeros-, Toezur y Douz en el sudoeste. El sector turístico supone un 25-30% de los ingresos en divisas y la oferta hotelera, el 45%, con menos de diez años de antigüedad, se compone de establecimientos de alto rango en un 18% de categoría media, dos y tres estrellas, en un 72%, y de una estrella y no clasificados en un 10%.

Los hoteles flanquean el litoral de las ciudades turísticas, pero no se han construido excesivamente cerca del mar ni se han permitido edificios altos para no estropear sus magníficas playas arenosas ni afear el paisaje. Sin embargo, quienes busquen playas desiertas pueden encontrarlas a pocos Kms de las zonas turísticas, amén del resto del litoral, todavía sin explorar.

 


UN PASEO POR 3.000 AÑOS DE HISTORIA

Túnez ha inscrito en la historia los nombres de sus hijos más brillantes, como Hannón e Himilcón, los navegantes que surcaron la costa atlántica de Africa y Europa; el primer agrónomo, Magón; Aníbal, el estratega que amenazó Roma al cruzar los Alpes con sus elefantes; Tertuliano, San Cipriano, San Agustín o Gordiano, proclamado emperador romano en el Jem.

 

Sobre las ciudades fenicias y cartaginesas que jalonaban la costa tunecina, con Cartago a la cabeza, la colonización romana –desde el siglo II hasta el V – llegó a este país uno de los patrimonios más ricos a lo ancho y largo del Mediterráneo.

Un siglo después, los bizantinos lograron mantener hasta el siglo VII la parte oriental del mundo romano, una vez caído el Imperio de Occidente, reconstruyendo ciudades arrasadas por los vándalos. Gracias a estos episodios de la historia, los apasionados de las ruinas pueden trazar un completo recorrido por ciudades romanas que continuas exposiciones de arqueólogos se afanan todavía hoy en estudiar. Cartago, el coliseo de El Jem, sólo procedido en importancia por los de Roma y Verona, el acueducto de Zaghouan, uno de los más largos del mundo, con 132 Kms; Dougga, Bulla, Regia y Sbeitla son sólo algunos de los numerosísimos enclaves romanos que se esparcen por su territorio.

Visita obligada es también el Museo del Bardo, en las afueras de Túnez, con una de las colecciones de mosaicos romanos más rica del mundo. El antiguo palacio de los beys se encuentra a sólo 5 Kms de la capital y su visita es indispensable para conocer el modo de vida de la colonia romana en Túnez, así como para comprender los restos arqueológicos que se esparcen por el país. Junto a esculturas y mosaicos romanos y bizantinos, en su mayoría de los siglos II y VI: restos púnicos, paleocristianos, griegos e islámicos.

FUSIÓN DE RAZAS Y CULTURAS QUE CONVERGEN EN UN MOSAICO HUMANO

Los bereberes son los habitantes originarios de Magreb. Este pueblo rebelde, a diferencia de lo que ocurriera con pueblos vecinos, se mezcló aquí con relativa facilidad con los invasores que llegaron en la antigüedad a Túnez. La fusión de romanos, árabes, fenicios y otomanos hace difícil definir al tunecino de hoy: una chispeante mirada negro azabache y una piel aceitunada pueden ser tan tunecinas como los ojos verdes y el cabello claro o los rasgos negroides de algunos habitantes del sur. El bereber es hablado por un 1% de los más de 8 millones de tunecinos, especialmente en pueblos como Chenini, Douiret o Matmata y en Jerba, por lo que las diferencias se establecen más entre lo urbano y lo rural que entre lo árabe y lo bereber.

En las ciudades es más habitual, sobretodo entre los jóvenes, vestir a la occidental, mientras que en las zonas rurales, el apego a la tradición es mayor. Mehlias (largas telas sujetas con nudos o broches) rojas envuelven a las campesinas del litoral. Y de color púrpura a las del interior y las montañas. Sifsaris (largos velos) blancos para las ciudadanas y las jerbianas, y negros para las mujeres de Sahara. Turbantes o chechias (sombreros de lana roja) coronan la vestimenta de los hombres de jubas y burnus. La comunidad judía, una particularidad más de Túnez, llegó a sumar 120.000 miembros. Muchos viven todavía en la capital y en Jerba, donde la bella sinagoga de la Ghriba es un centro de peregrinación para judíos de todo el mundo.

 

CARTAGO, LA ESPINA DE ROMA

Al grito de “Delenda est Cartago” –la frase con la que el senador romano Catón finalizaba sus discursos-, las tropas de Escipión pusieron fin en el 146 a.C., a una de las civilizaciones más poderosas de la antigüedad. Algo más de 6 siglos antes, un grupo de fenicios liderado por Dido, hermana del rey Pigmalión de Tiro, había fundado la ciudad con el nombre de Qart Hadast, del que deriva Cartago. La pujanza cartaginesa la convirtieron en eterna enemiga primero de Grecia y después de Roma. Tras su destrucción, la leyenda afirma que fue, amén de saqueada, rociada con sal para que no volviera a crecer nada sobre su suelo. Sin embargo fueron los romanos quienes la levantaron de nuevo, convirtiéndola en la capital del África romana. De la ciudad que llegó a albergar medio millón de personas queda hoy más bien poco. A lo largo de cuatro Km. se esparcen hoy yacimientos sepultados bajo las villas del barrio residencial de la capital que ha heredado el nombre de Cartago, y otros a la vista como el Tofet, las termas de Antonio, las cisternas de Malga, el odeón, las villas romanas, las termas de Gargilius, el teatro de Adriano o los puertos púnicos, hoy lagunas estancadas.

 


EL RITUAL DEL CAFÉ

Los cafés no son exclusivos de los hombres, pero casi. En ellos se reúnen para charlar, jugar a las cartas y fumar chicha, la aromática pipa del agua. El té negro muy dulce o el té a la menta o con piñones son, junto al café turco con sus posos al fondo, una delicia que no se debe dejar de tomar. El café puede aromatizarse con cardamono, canela o esencias florales. En los zocos de Túnez se localizan algunos bellos ejemplos como el Café M´rabet.

SIDI BOU SAID, FAVORITA DEL MEDITERRÁNEO

Pulcro, resplandeciente y rodeado de jazmin, paleargonios y azahar, el pueblecito de Sidi Bou Said –Sidi Bou, para los más asiduos- se descuelga desde una colina frente a la bahía. En él se juntan los turistas que acuden a visitar uno de los rincones más encantadores del Mediterráneo con tunecinos de buena familia y estudiantes de diseño que, esparcido spor el suelo, dibujan en sus cuadernos enrejados y celosías. Luminosas calles empedradas, puertas azules claveteadas en negro, balcones de celosías tras los que las mujeres podían mirar a la calle sin ser vistas y paredes que se encalan cada año. Su nombre le viene del santo enterrado allí. Según la leyenda este no es otro que San Luis que, convertido al islam vivió allí, haciéndose famoso por su don para curar la picadura de escorpión.

Sidi Bou Said fue patrón de piratas y zona prohibida a no musulmanes hasta el XIX. La llegada en 1912 del barón Rodolph Dérlanguer fue el comienzo de un nuevo peregrinaje de nobles y artistas como Klee, Gide, Macke o Bernanos, que hacían del Café des Nattes su lugar de encuentro. Hoy, el todo Túnez tiene aquí su residencia.

PLAYAS VÍRGENES DEL NORTE

Uno de los mayores atractivos del norte tunecino lo forman las playas vírgenes que jalonan su costa. Pocos extranjeros han tenido el privilegio de bañarse en playas tan memorables como las de Raf-Raf –un indicador en la carretera entre Túnez y Bizerta señala la dirección a tomar -, con dos kilómetros de arena blanca; Ras Sidi Ali al Mekhi, Kalaat el Andlus o Ghar el Melh. Entre Bizerta y Tabarka –las principales ciudades también con excelentes playas e infraestructura hotelera incipiente -, aparecen Cap Blanc, Cap Serrat, Sidi Mechrig, Cap Neggro o Jabbara, en una sucesión de playas, calas y acantilados rodeados por verdes montañas cubiertas de bosque.

LA COSTA DEL CORAL, DE BIZERTA A TABARKA

La historia de la bella campesina Morjène, arrojada al mar, según la leyenda, por no corresponder al amor de un gran señor, da nombre al litoral del norte. Morjène en árabe significa coral, ese bien que han codiciado los pueblos más poderosos del Mediterráneo y que crece en sus fondos.

Playas que se suceden entre Bizerta y Tabarka durante 300 Km., montañas nevadas en invierto y sembradas de alcornoques, pinos y eucaliptos; fértiles llanuras, ríos y lagos rompen con la imagen del Túnez desértico que se extiende muchos kilómetros más al sur. Sus posibilidades para el turismo ecológico y deportivo, apenas son conocidas por los extranjeros. Entre los otros atractivos del Túnez verde, ocupa una posición fundamental la caza del jabalí, una de las actividades que se practica en las inminentes montañas de Krumeri; estaciones termales como Hammam Bourguiba; las espectaculares ruinas de Dougga y Bulla Regia; la encantadora Bizerta o la más turística Tabarka –una de las playas favoritas de los tunecinos -. Ésta ha creado, con la apertura del aeropuerto, un club de golf, escuelas de buceo y hoteles de categoría, la infraestructura necesaria para recibir al turismo europeo.

NABEUL, LA CIUDAD DEL AZULEJO

Desde hace algunos años, esta ciudad costera vive también del turismo, aunque no por ello ha dejado de ser un gran centro artesanal. La dedicación a la cerámica se conoce en Nabeul, capital de la península de Cap Bon, desde los tiempos de los romanos, e incluso es posible que date de épocas anteriores. En los talleres de alfarería que se suceden en el centro y en sus alrededores se pueden observar, además de las piezas tradicionales, de tonos verdes y amarillos, sencillas cerámicas porosas sin decoración; piezas de influencia andalusi o italiana y cerámica barnizada o esmaltada con elaborados dibujos que los artesanos realizan sirviéndose sólo de su memoria.

 

LOS ARTISTAS DE HAMMAMET

La llegada del mecenas rumano George Sebastian a Hammamet –una aldea pesquera, allá por los años treinta, hizo de este rincón del Mediterráneo un refugio de artistas, excéntricos e intelectuales. Sebastian construyó una magnífica villa de estilo andaluz con toques de art déco que su huésped Frank Lloyd Wright definió como la casa más bonita que jamás había visto. Jardines salvajes frente al mar, diáfanas casi sin muebles y con una concepción visionaria del espacio y el diseño; mármoles, cúpulas, negros y blancos impecables alrededor de una piscina de columnas. En este escenario no es difícil imaginar la atmósfera que envolvía a invitados de Dar –casa -. Sebastian como Man Ray, Giacometti, Gide, Bernanos, Klee o Macke. Los últimos días de la campaña africana Rommel requisó la mansión para instalar el más idílico de los cuarteles, y Churchill escribió más tarde en ella, sus memorias.

Hammamet se hizo famosa en los círculos sociales y en los sesenta, la jet internacional hizo suyas sus playas y las calles de la medina. Dar Sebastian es hoy un centro cultural que cada verano celebra el festival del Mediterráneo. Por él han pasado desde Bérjat y los Balles de Montecarlo a Cristina hoyos, Gipsy King y Dizzi Gillespie.

PORT EL KANTAOUI, EL JARDÍN DEL MEDITERRÁNEO

Inaugurado en los años setenta Port El Kantaoui se define como el primer puerto-jardín del Mediterráneo. Fiel al estilo árabe andaluz, este puerto de recreo situado a pocos Km. de Susa puede acoger unas 300 embarcaciones. Blanquísimas calles empedradas, restaurantes, tiendas, terrazas, jardines, exclusivos apartamentos y ambiente selecto componen un conjunto armónico. En sus alrededores, campos de golf y algunos de los hoteles más lujosos del país.


SUSA Y MONASTIR, A LO LARGO DEL SAHEL

Entre los golfos de Hammamet y Gabes, la región del Sahel –el litoral, en árabe-, se extiende, sembrado de olivares, el territorio más próximo del país. Ya lo era en tiempos de cartagineses y los romanos, como dejan adivinar los abundantísimos vestigios que dejaron estos pueblos –el más memorable se levanta en El Jem, un rotundo coliseo romano en excelente estado de conservación-.

A ello se suman hoy los ingresos llegados de las manos del turismo. Las doradas playas de Susa ocupan un lugar obligado en los catálogos de agencias de viajes desde hace décadas. Su veteranía en este sector ha dotado a la ciudad de hoteles de categoría, restaurantes y todo tipo de actividades de ocio, desde cabalgar o lanzarse en parapente en la playa hasta jugar al golf en campos de primera. Como gran ciudad turística, Susa tiene fama de vivir las noches más largas y desveladas del país. Y lo más sorprendente es que todo ello quepa en una ciudad fundada hace unos 2800 años que conserva una de las mayores medinas del país, dueña de valiosos monumentos.

También volcada hacia el turismo se haya a pocos Kms. Monastir, la ciudad del ex presidente Bourguiba. Los hoteles se suceden en la playa; y desde su magnífica fortaleza, se respira el aire sosegado que envuelve el puerto deportivo y las terrazas, frecuentadas por los estudiantes que viven en la ciudad universitaria.


SÍMBOLOS Y BORDADOS DE LA CIUDAD SANTA

La cantidad de mezquitas y zaouias que se levantan en Kairouán son el mejor testimonio de su santidad. Sin embargo, durante la celebración de fiesta como el Mouled, la fecha del nacimiento del profeta, la ciudad se engala en una mezcla de fervor religioso y alegría popular. Todos sus rincones se iluminan y de ventanas, cúpulas y muros cuelgan tapices de colores. La decoración de las alfombras de Kairouán, la alfombra clásica, vuelve a recordar su condición de ciudad santa del islam. Originariamente su fondo era rojo y sus adornos que rodeaban el dibujo central simbolizaban las lámparas de la Gran Mezquita.

 

KAIROUÁN, LA CIUDAD SANTA

Hay quien afirma que siete viajes a Kairouán equivalen a una peregrinación a la Meca. Cuarta ciudad santa del islam, después de la Meca, Medina y Jerusalén, ésta fue la primera ciudad árabe de Túnez. Fue una revelación divina la que obligó a Oqba Ibn Nafaa en el 670 a levantar una ciudad en mitad de una llanura castigada por el sol e inundada en los meses de lluvia. El lugar no parecía ser el más adecuado, y sin embargo no dejaba de tener su lógica. Se hallaba en la ruta de las caravanas –ésa es la traducción de su nombre- y estaba a medio camino entre la costa, dominada por los bizantinos, y las rebeldes tribus de las montañas. Piedras y mármoles traídos de las ciudades romanas sirvieron para levantarla, como atestiguan los capiteles de las columnas que soportan la monumental Gran Mezquita cuya sala de oración pueden admirar los infieles desde el patio. Al igual que las murallas, ésta fue reconstruida por los aglabíes, que engalanaron la ciudad y construyeron los estanques que llevan el nombre de la dinastía. Éstos no tienen gran interés, no así la mezquita del Barbero, con espectaculares azulejos; la fachada de la mezquita de las Tres Puertas (no se visita el interior) o los zocos, quizás los más auténticos del país. Una curiosidad: Bir Baruta, un pozo del siglo XVII movido por un camello.

LAS VIVIENDAS TROGLODITAS

Al sur de Gabes, en una reseca región a las puertas del desierto, la tribu bereber de los Matmata excavó sus viviendas en la tierra y en las faldas de las montañas: agujeros de hasta 15 metros de diámetro y siete de hondo de los que se distribuyen, en dos pisos, las estancias y el granero. Perseguidos desde la antigüedad, los trogloditas se escondían así tanto del sol como de sus enemigos. Pueden visitarse casas trogloditas habitadas en Matmata como Techine. Sus paisajes lunares sirvieron de escenario a Lucas y Spielberg en la Guerra de las galaxias y En busca del arca perdida.

EL GRAN SUR, OASIS, ESPEJISMOS Y DESIERTOS

Al sur de Gafsa, puerta de entrada al Gran Sur tunecino, se extiende la región sahariana, que ocupa más de la mitad del país. Áridas llanuras conducen a zonas montañosas sin apenas vegetación, lagos salados, paisajes con millones de palmeras y, finalmente, las arenas del desierto. Ésta es la región más conservada de Túnez y también la más espectacular. Mujeres envueltas en mantos negros y hombres con bournus y turbante deambulan por los poblados. Al abrigo de los palmerales la región de El Jerid –el país de las palmeras- tiene su capital en Topzeu, con hoteles de todas las categorías y aeropuerto- La ciudad sagrada de Nefta, con las blancas cúpulas de los morabitos, despuntando en la vegetación, es de visita obligada, al igual que los oasis de montaña que se descuelgan por el Atlas: Chebika, Tamerza y Midés. Cruzando el lado salado de Chott el Jerid por la carretera que lo atraviesa, los espejismos se perfilan en el horizonte sobre una brillante capa de sal. Del otro lado del lago, Douz, una pequeña ciudad típicamente sahariana, constituye la antesala del desierto, con la magia de las dunas casi a la puerta de los hoteles.


LA PESCA DE LAS ESPONJAS

A lo largo del golfo de Gabes, en las islas Kerkenna y Jerba –especialmente en Ajim- y en Zarxis, se puede asistir a la curiosa práctica en la que los pescadores recolectan las esponjas del mar, sobretodo cuando las aguas están más transparentes, a menudo muy cerca de la playa. Además del método más rentable y moderno, en el que se sumergen con bombonas, se realiza también la pesca con una especie de arpón y un cubo con fondo de cristal que ayuda a localizar las esponjas naturales que poco después adornan las tiendas de los zocos.

JERBA, LA ISLA DE LOS LOTÓFAGOS

Esta isla que se une a la costa oriental de Túnez, por la carretera que construyeron los romanos disputa a Mallorca y Menorca el haber sido el lugar que tanto costara abandonar a Ulises: la misteriosa isla de los comedores de loto. Como buena isla, Jerba ha mantenido costumbres peculiares que la diferencian del continente. Muchas de sus mujeres siguen vistiendo a la manera tradicional, con mantos negros coronados por un sombrero de paja; y sus casas, los menzebes se rodean por una tapia de cactus y chumberas que dejan más que claro el deseo de intimidad de sus propietarios.

Sus pequeñas dimensiones y su geografía llanísima hacen posible recorrer sus palmerales, playas salvajes y poblaciones en bicicleta. Tras alquilar una en Houmt-Souk, pequeña ciudad con mercados animados a todas horas, mezquitas tan atípicas como la de los Turcos o la de los Extraños o antiguos fonduks en los que hoy se alojan los viajeros que buscan sensaciones auténticas, es posible encaminarse hacia la playa de Sidi Mahrez, la zona de los hoteles de categoría. Todavía más interesante es dirigirse al interior por pequeños senderos hacia Guellala, famosa por sus alfareros; el puerto de Ajim, el mercado de los viernes de Midoun, la extraña mezquita de el-May o la sinagoga de la Ghriba, a la que acuden peregrinos de todo el mundo.

 

LA PUERTA DEL MEDITERRÁNEO

La medina de Túnez alberga más de 700 monumentos madersas, palacios, mausoleos y, a la cabeza de todos, la Gran Mezquita Ez-Zitouna (del olivo). , levantada por omeyas y aglabíes. A su alrededor se establecieron las mejores familias y los zocos lujosos –joyeros, perfumistas, artesanos de chechias libreros o vendedores de telas -. Su mejor momento lo vive durante la segunda quincena del Ramadán, cuando sus calles se convierten en pura algarabía, con tiendas abiertas hasta la madrugada.

Reza el Corán que el huésped es un enviado de Dios, y como tal, digno de la más generosa acogida. En Túnez muchas leyes del libro sagrado de los musulmanes son más un símbolo que una obligación –de hecho la poligamia está prohibida, sus mujeres gozan de pleno derecho desde la época de los 50 y, a pesar de la prohibición islámica de beber alcohol, producen tintos tan memorables como el Magon Vieux o el Sidi Said. -. Sin embargo, la hospitalidad con la que acogen al llegado de otras tierras, ha logrado perdurar inalterable. La invitación a un vaso de té y un ramillete de jazmín o azahar se traduce en su más sincero deseo de bienvenida.

Por su situación entre el Mediterráneo oriental y el occidental, los tunecinos llevan siglos aprendiendo a recibir al extranjero y a asimilar de él lo más útil. Todos los pueblos que dominaron el Mare Nostrum anclaron sus naves en algún punto de los 1.300 Kms de litoral y salpicaron con sus costumbres las de los moradores originarios, los bereberes. Éstos, al no tener grandes montañas en las que refugiarse, se mezclaron con más facilidad que en los países vecinos. Fenicios y cartagineses establecieron sus factorías a lo largo de la costa, romanos y bizantinos cristianizaron a sus habitantes y sembraron las zonas más fértiles de ciudades que han legado a Túnez un vastísimo patrimonio cultural que ocupa un lugar privilegiado en la ruta de los arqueólogos, y entre otros pueblos, el paso con más pena que gloria de los vándalos. Haciendo honor a su nombre, dejaron tras de sí poco más que un rosario de estatuas romanas con la nariz rota y ciudades arrasadas.

Los árabes, sin embargo, llegaron por tierra. Su destreza como marinos no estaba, allá por el sigloVII, a la altura de los bizantinos. Desde su base en Kairouán, sucesivas dinastías conquistaron las ciudades, expandieron poco a poco su religión y su idioma y se enriquecieron con el comercio de oro y esclavos que traían de Sudán las caravanas saharianas. A esto se debe la piel oscura de algunos tunecinos, sobretodo en el sur, aunque la base bereber – aparentemente de tez clara- y el paso de otomanos y europeos añadiera nuevas mezclas que hacen difícil definir la fisonomía del tunecino tipo. Con la misma naturalidad con la que se aceptaron influencias de unos y otros, Túnez dio la bienvenida al turismo hace más de tres décadas. Playas, ciudades monumentales, desiertos y los legados en ruinas y monumentos de los pueblos que recalaron en su suelo son hoy sus bazas más sólidas para cultivar al viajero.

La convivencia entre dos mundos es el hilo conductor del recorrido por Túnez. Desde el primer paseo por su capital, los lindes entre la ciudad vieja y la nueva quedan perfectamente limitados por la Puerta del Mar. De un lado, la encrucijada de callejuelas desgastadas de la medina, las mercaderías relucientes de los zocos y el olor a fritanga de los pastelillos de dátil y miel, el makroud, que se vende en las pastelerías y en las calles. Del otro quedan los kioscos de flores y periódicos de esa auténtica rambla que es la Av. 7 de Noviembre, la animada arteria principal de la ciudad moderna; los barrios coloniales que alojaron a los franceses, hasta concluir el protectorado de 1956 y las tiendas occidentales donde el turista puede hacer el mayor de los ridículos intentando regatear. Los límites físicos están ahí, pero no hay el mayor inconveniente en saltárselos a la torera. A nadie asombra que una mujer cubierta con sifsari pasee con su hija ceñida dentro de unos vaqueros ni que una pareja de jóvenes se deshaga en arrumacos en un café de la medina; que en pleno barrio europeo se monte un mercadillo de lo más africano o que una mujer policía intente poner orden en el tráfico a la hora punta; que en los zocos se vendan productos made in Taiwan al lado de alfombras tejidas a mano o que lo último de Madonna resuene en un sombrío pasadizo de aspecto medieval.

La puerta del barrio portuario de La Goulette se erige como un símbolo de la comunión de los dos mundos, que coexisten en este país tan mediterráneo como sahariano. Una de sus caras es moderna, mientras que la otra es otomana, del siglo VI . Esta puerta da acceso al barrio en el que hasta 1957 vivían más franceses e italianos que tunecinos. Entre ellos, artistas, escritores y famosos que hoy viven en Europa, como Claudia Cardinale, su hija predilecta. En sus restaurantes de pescado se dan cita al atardecer familias al completo y europeos cuya nostalgia de la época colonial conduce cada verano a las calles de su infancia.

A este animadísimo barrio popular le siguen los más aristocráticos de la Marsa, Gammarth, Cartago y Sidi Bou Said. Este último es el favorito de turistas y tunecinos. Hacerse un hueco en las escaleras del Café de Nattes, el rincón más característico del pueblo, para degustar un té con piñones, está en el programa de los turistas. Los tunecinos prefieren algo menos obvio, como el discreto café que casi continúa la escalera, o el de Sidi Chaabane, envuelto por el aroma dulzón de las pipas de agua y el azahar, los jazmines pelargonios que crecen en sus jardines. En sus terrazas descolgadas por una pendiente que mira sobre los yates de recreo del puerto deportivo y la bahía de Túnez, recalan los viernes y sábados las parejas de novios de la capital en un modoso paseo semanal.

Pasados los últimos suburbios de Túnez, una carretera lisa flanqueada de eucaliptos y campos sembrados avanza por el valle del río Meyerda en dirección hacia Bizerta. Los paisajes verdes, más de lo habitual, ya que este ha sido también un invierno de lluvias, anuncian el Túnez fértil y rural del norte. Las carreteras están generalmente bien señalizadas en francés y árabe y los controles policiales son habituales.

A la velocidad máxima permitida, 90 Kilómetros por hora, esta sosegada ciudad se alcanza en poco más de una hora. El melancólico puerto viejo de Bizerta, guarida de los piratas de la Berbería que se ensañaban con los barcos cristianos, deja a un lado las húmedas murallas de la alcazaba y del otro las calles del colonial para, entre ambas, perderse en los zocos y el decadente barrio que acogiera a los moriscos expulsados de España: un laberinto conocido todavía como el barrio de los andaluces. Su desarrollo turístico es moderado. Ningún gran hotel, aunque sí pequeños establecimientos con mucho encanto, se levanta sobre sus playas, haciendo las delicias de quienes buscan zonas sin explotar.

En dirección a Tabarka, el relieve se encrespa en verdes montañas en las que pastan los rebaños de ovejas y vacas vigilados por las campesinas, que miran desde lo lejos, enfundadas en sus mehlias de colores. Pasados los contornos del Parque Nacional de Ichkeul, los pequeños senderos conducen a través del bosque a las playas vírgenes que dibujan la Costa del Coral hasta llegar a Tabarka, una de las estaciones balnearias preferidas por los tunecinos. Su despegue turístico es todavía reciente. Construida a los pies de las montañas de la Krumeri, su puerto sirvió a Roma para exportar a la metrópoli el mármol de Chemtu, el trigo de Beja –la despensa de Roma- y las fieras de los bosques. Si el último león fue abatido a finales del siglo pasado, las cacerías de jabalíes siguen siendo el principal atractivo de pueblos como Ain Draham. A los aficionados a la caza se le unen los amantes del ecoturismo, con salvajes montañas que recorrer y buceadores que buscan el coral del mar.

El número de extranjeros que se ha llegado hasta la parte del norte no puede compararse a las consolidadas estaciones que se esparcen desde el Cap Bon hasta Jerba. La única autopista del país, que une la capital con la pionera del turismo tunecino, Hammamet, y prosigue hasta Susa, deja olivares que alfombran ordenados los campos hasta perderse en el horizonte.

Hammamet no era más que una bucólica aldea de pescadores cuando fue descubierta por el mecenas George Sebastián. En la enorme mansión que se hizo construir, huéspedes como Paul Klee, Bernanos, Macke, Man Ray Giacometti o André Gidemostraron al mundo esta aldea pintoresca, bañada por el Mediterráneo, a cuyas orillas no tardaron en llegar artistas y viajeros. Los hoteles que bordean la costa hasta Nabeul, disimulados entre las palmeras y ambiente playero de terrazas, tiendas y restaurantes, no ha logrado romper el encanto de su preciosa medina. Los insistentes vendedores de recuerdos se han hecho con las calles próximas a la fortaleza que domina la ciudad, pero a sólo dos pasos, el pulso de la ciudad antigua ha logrado sobrevivir a las hordas de visitantes.

En el otro extremo del golfo, Susa, la Hadrumetum romana, aúna su condición de gran ciudad cultural, económica y turística. La zona hotelera, volcada sobre el mar, da la espalda a la medina, una de las más grandes y mejor conservadas. Al norte, Port el Kantaoui, con sus yates de recreo, sus campos de golf y sus hoteles exclusivos, se presenta como su apuesta por el turismo exclusivo. En Monastir, poco más al sur, el ambiente es más tranquilo. Su fortaleza frente al mar y el mausoleo de Bourguiba se hizo construir para ser entregado rinden visita obligada, al igual que el imponente coliseo de El Jem, muy cerca, en la carretera que lleva a Sfax.

La distancia entre los olivos va en aumento a medida que se avanza hacia el sur y la tierra se vuelve más reseca; y las diferencias entre el Túnez urbano y rural se acentúan al dejar las ciudades del litoral. En la ruta hacia el interior las campesinas se esconden, arrebujadas en las telas de sus trajes, de las miradas extranjeras. La empalizada de chungueras que flaquea la carretera hasta Kairouán parece haberse plantado para proteger de curiosos la intimidad del Túnez rural, el traspaís de tradiciones arraigadas al que pocos tienen acceso. Los primeros rebaños de camellos deambulan por la tierra roja, aunque el camino hasta el desierto todavía queda lejos. Sobre una llanura que se cuece en verano a cuarenta grados a la sombra Kairouán resiste como la reserva espiritual de Túnez; con rotundas mezquitas que reafirman su condición de cuarta ciudad del islam, y el ambiente algo africano de sus zocos, los más auténticos del país, que participan ya de los aires presaharianos que se respiran algo más al sur.

Con la presencia casi permanente de las montañas de la Dorsal en el horizonte, la carretera avanza hacia Gafsa en un paisaje que pasa del ocre al rojo y al amarillo. Las hileras ordenadas de olivos conducen a una región de altas estepas que anuncia la proximidad del Sahara. El oasis más septentrional, la polvorienta Gafsa, actúa como auténtica bisagra entre el norte y el sur. Bajo sus límites despliega sus misterios la misma región sahariana que atrajo a viajeros de otros tiempos. Desde el Bekri y León el Africano, que en el s. XIV predijo el futuro de los nómadas, ya desaparecidos, a la aventurera Isabelle Eberhardt, que viajó durante siete años por ella disfrazada de hombre. El Jerid, el país de las palmeras, se refugia en oasis como los de Tozeur y Nefta, la ciudad sagrada; los que se descuelgan por el Atlas y los que no aparecen en los mapas. Ancianos con túnicas blancas y turbantes y mujeres que se protegen del polvo y las miradas envueltas en mantos negros, y riadas de niños que salen del paraje más remoto camino de la escuela Del otro lado del Chott, ese desierto de sal arenoso y liso que dibuja espejismos y que, según cuentan, se ha tragado a miles de camellos, queda Douz, a los pies de las dunas; y las viviendas trogloditas y los ksour, los castillos del desierto agujerean la tierra de los matmatan en Medenine, Ouled SoultaneTataouine y los pueblos de esencia bereber. Gares y la isla de Jerba son los últimos oasis, rodeados de mar. Esta isla, la de los comedores de loto, es la tierra que tanto costó abandonar a Ulises. El riesgo de no querer marcharse es todavía su mayor peligro.

LA RUTA PÚNICA:


Fuerte de Kelibia
Los fenicios llegaron a las tierras de Túnez hace más de 3.000 años y nuestra ruta hoy, nos llevará en coches 4x4 por estas tierras.
Estamos en un bello paisaje mediterráneo y un mar limpio. Nuestra ruta nos llevará por carreteras y caminos rurales atravesando campos de cultivo y pueblos diseminados hasta llegar al fuerte de Kelibia, construcción fenicia, después romana y bizantina con una belleza extraordinaria y vistas al mar mediterráneo divisando Italia desde la parte más alta del castillo.
Después de visitar el fuerte nos aceramos a las ruinas de Kerkouane, ciudad fenicia construida hace más de 2.600 años, con distribución arquitectónica digna de ciudades de hoy con canalizaciones de agua, baños, ágora, forum, calles, vistas al mar desde las propias casas, lugar de culto, etc.

Vista aérea. Kerkouane

Terminada nuestra visita a Kerkouane, nos dirigimos a Al-Mansoura, donde podrémos visitar las gigantescas grutas con capacidades de hasta 400 personas que los romanos las utilizaban para retener a los esclavos para ser embarcados y vendidos en otros destinos.

Al Mansoura es un lugar bello y hermoso con vistas grandiosas sobre el mar mediterráneo y donde efectuaremos la comida en un restaurante típico.
Después del almuerzo. Tiempo libre y regreso al hotel.


UN PARAÍSO PARA LOS DEPORTISTAS

Planear en ultraligero por el desierto, sobrevolar los oasis en globo, derrapar en las dunas conduciendo un kart, galopar en un caballo árabe por playas vírgenes, jugar al golf o sumergirse en fondos de coral son algunas de las posibilidades que se ofrecen a los incondicionales del deporte gracias a las instalaciones de calidad que cada año se incrementan en las zonas más turísticas.

Su proximidad a Europa convierte sus costas en un destino idóneo para navegar desde España. También contribuye el clima, con una temperatura media de 18 grados, y los vientos, más favorables que en el norte del Mediterráneo, haciendo que el periodo para navegar sea tres meses más largo. A lo largo del litoral existen 26 puertos y fondeaderos para amarrar embarcaciones de recreo. El litoral de Hammamet, Sousse y Jerba es el más indicado para navegar y practicar deportes náuticos como el windsurf, mientras que las costas más rocosas de Tabarka, Bizerta, el norte del Cap Bon, Monastir y Mahdia lo son para deportes subacuáticos. Tabarka, con cuatro modernos clubs, es uno de los grandes centros de buceo. A partir de los 45 metros de profundidad es posible encontrar coral, lo que ha propiciado que durante este mes se celebre el Campeonato Internacional de Fotografía submarina “Coralise II”. La pesca submarina, al igual que la tradicional caza de jabalí que se practica de septiembre a febrero en las montañas del norte, o la caza de gacelas en el sur, están estrictamente reguladas. También habrá que añadir las facilidades que ofrecen muchos hoteles: tenis, fitnes o deportes acuáticos en el litoral. Otras citas importantes de interés son el rallye del sur, en abril; la regata de Tolón a Bizerta, en julio; la regata de windsurf en Jerba, en septiembre; o las travesías en globo del lago salado y de los oasis, en octubre y noviembre.

 

 

FESTIVALES, UNA CITA CON LA TRADICIÓN

Por tradición, los musulmanes evitan hacer ostentación de su riqueza tanto en el comportamiento y la parte exterior de sus casas como en la vestimenta –el velo, además de cubrir a la mujer de miradas indiscretas servía para igualar las clases sociales, ya que bajo un manto es difícil adivinar la valía de las ropas -. Los vestidos caros, las joyas y los perfumes se reservan para la privacidad del hogar y grandes ocasiones como las que brindan los festivales folclóricos. Éstos se celebran a lo largo del año por todo el país y constituyen hoy la mejor forma de conocer las costumbres que durante siglos han practicados los tunecinos.

Jaima nómada

A pesar de que algunos de estos festejos han cobrado un carácter algo turístico, la gran mayoría atrae tanto a extranjeros como a gente de la religión y de las ciudades, muchos de ellos ajenos a la tradición. Todos los ingredientes música, bailes, vestimenta y costumbres- que acompañan a los grandes momentos de la vida para la sociedad tunecina tradicional –el nacimiento, la circuncisión, la boda y la muerte- se viven en una mezcla de celebración religiosa y festiva. La esencia de los festivales varía en cada religión, siendo en el sur, el Túnez más conservador, donde mejor se han preservado tradiciones más genuinas. En pocas ocasiones será tan sencillo observar cómo los beduinos realizan tareas cotidianas como moler el pan a la manera de antaño, echar un vistazo a una jaima nómada –hoy los nómadas se han sedentarizado- o fotografiar a sus mujeres, a menudo tatuadas en las manos y la cara.

Estos tatuajes, en desuso actualmente, se remontan a los tiempos en que los bereberes eran perseguidos. Al nacer los niños sus madres les hacían un tatuaje secreto para poderlos reconocer algún día si fueran raptados. Además de ahuyentar el mal de ojo, los tatuajes femeninos de mentón, frente y mejillas aportan información sobre su estado social.

No menos espectaculares los festivales culturales llevan en ocasiones eventos de todo tipo –cine, conciertos, etcétera. –a escenarios como el teatro romano de Cartago, Douggao El Jem o la fantástica casa del mecenas Sabastian en Hammamet.

PLACERES GASTRONÓMICOS

En los platos tunecinos confluyen los sabores mediterráneos, turcos y magrebíes condimentados con los aromas del comino, el clavo, la hierbabuena, el cilantro, la canela, la cúrcuma, el pimentón, y una variedad ilimitada de especias más. Exceptuando las zonas de la costa, donde abundan los meros, las langostas, los atunes, los salmonetes, las lubinas, los lenguados y las cigalas frescas, los platos más tradicionales se ciñen, generalmente, a la carne y las verduras guisadas.

Se suele comenzar la comida con un aperitivo muy tunecino: aceitunas y pequeñas rebanadas de exquisito pan con harissa , una salsa muy picante que, según afirman, ayuda a abrir el apetito en los días de calor más intenso. Una extensa variedad de entrantes fríos y calientes denominada kiema es la mejor forma de probar algunos de los platos más tradicionales. En pequeñas porciones llegan bandejas de ensaladas como la mechuia, hecha con pimientos, tomates y cebollas asadas al grill; y otros platos como los briks, una masa muy fría que se fríe en forma de triángulo con un relleno de huevo no muy hecho con carne o atún, gambas o queso; la shakshuka, un guiso de sabor parecido al pisto; la ojja, huevos revueltos con ajo, tomates y patatas guisadas, o los deliciosos dedos de Fátima, rellenos de carne y verdura.

En casi todos los restaurantes se puede degustar uno de los platos más emblemáticos, el cus-cus. Ésta es una comida consistente de origen bereber que se elabora con sémola al vapor servida con carne de cordero, pollo, vaca o salchichas - en las zonas de la costa se hace con pescado- y verduras condimentadas con canela y pimienta. En todas las regiones se elabora el cus-cus con alguna suculenta variedad. El tajín tunecino, a diferencia del marroquí, es como una empanada cocida al horno, con verduras, pollo, queso o atún.

Cus-cus

También se debe probar la garguolette , un estofado de cordero que requiere horas de elaboración; la pierna de cordero al grill o mechoui; el mirmiz, estofado de cordero, salsa picante y garbanzo; las gambas a la kerkenesa, cocidas en salsa de tomate; el cordero a la menta o a la kamounia, novillo con hígado y comino.

Los postres merecen atención especial. En las pastelerías exhiben dulces de dátiles, miel, hojaldre y frutos secos que hacen difícil la elección. Entre los más recomendables, el buzza, crema de piñones y almendra. El baklawa, de hojaldre y miel; el makroud, con dátiles y una especie de turrón; la bjawia, con pistachos, almendras y miel.

DE COMPRAS POR LOS ZOCOS

Zoco viene de souk , que significa mercado; ese lugar sonde impera el ragateo y quienes rindan culto al deporte de comprar pueden batir auténticos records.

Alfarero.Guellala

En todas las ciudades se pueden adquirir los mismos productos, aunque cada región tiene sus especialidades. Jerba y Nabeul son los dos centros alfareros por excelencia. Esta tarea, propia de los hombres, viene realizándose en Túnez desde el neolítico. El uso para la decoración o el empleo doméstico determina el colorido de las piezas. En Guellala (Jerba) puede verse a los alfareros torneando desde sencillas ánforas de barro hasta platos y fuentes que serán barnizados y pintados con elaborados y dibujos. También en Nabeul es posible visitar los talleres en los que asistir a todos los procesos de la producción Los colores de la cerámica de esta ciudad son el verde y el amarillo, aunque pueden verse también azulejos y cerámicas esmaltados de influencia andalusí, otomana e italiana. Sejnane, un pueblecito del norte, se distingue por un tipo de cerámica de aspecto primitivo. La tradición alfarera se extiende también a Moknine, el Cap Bon, Kesra, Douiret, Tozeur y El Hammade Gabés, entre otros.

A excepción del gtif, un tapiz nómada, la elaboración de kilims, alfombras y mantas es tarea de mujeres. Es raro que hombres y mujeres trabajen en el mismo lugar y que fabriquen el mismo producto. Las mujeres tejen sobretodo la lana en ocasiones la seda y jamás el algodón puro, y suelen decorar sus trabajos con dibujos y bordados. Los hombres sin embargo apenas decoran sus tejidos y, a diferencia de las mujeres, que trabajan en talleres femeninos o en sus casas, se agrupan en gremios en la medina. Antes de casarse, cada joven preparaba las mantas y alfombras de su ajuar durante años. Sólo desde las últimas décadas, su confección se convirtió en un trabajo remunerado. Zerbia es el nombre con el que se definen las alfombras de nudos. Los kilims, con rayas lisas, y mergoum, con rayas y dibujos geométricos, se tejen en telares. Estas últimas son la especialidad de Oudref. Las alfombras de nudo pueden ser alloucha (que viene de allouch, cordero) , de pelo largo y colores neutros.; y las polícromas, de pelo más corto. Entre las alfombras clásicas destacan las de Kairouán, cuyos diseños están inspirados en la decoración de la Gran Mezquita de esta ciudad.Las calidades más altas llegan a tener hasta 500.000 nudos por metro cuadrado y alcanzan precios astronómicos.Son también famosas las alfombras de Gabes y Gafsa,

La orfebrería es el otro plato fuerte de la artesanía. Las joyas eran ofrecidas a la novia por su futuro esposo y, además de acentuar a la belleza, protegían doblemente a la mujer. Por un lado los amuletos –la mano de Fátima, el pez o el cuerno- ahuyentan el mal de ojo. Del otro, al ser el divorcio una práctica habitual entre los musulmanes, las joyas se convertían en una garantía para las mujeres caso de separación, convirtiéndose en un primer paso hacia las pensiones actuales. Se dice que los mejores joyeros del país, después de los joyeros en Jerba, son los de Dfax. En estas ciudades, además de en la capital, se trabaja muy bien el oro, el material más solicitados por las mujeres de la ciudad, combinado con piedras, esmaltes o perlas. En las zonas rurales se prefiere la plata símbolo de la pureza y la franqueza, ya que el oro se asocia a todos los vicios. Las joyas bereberes, trabajadas al cincel, reproducen modelos antiguos de pendientes, broches para sujetar los vestidos, collares, diademas, pulseras o los brazaletes que las casadas llevan en los tobillos. Estas joyas que representan la sumisión al marido, están hoy en desuso. También las piezas de coral que se venden especialmente en Tabarka merecen atención especial. Otros originales regalos que llevan a casa son las jaulas de Sidi Bou Said, los bordados de Sousse, la pintura sobre vídeo de origen otomano, la artesanía de latón y cobre, la pintura sobre madera, los zapatos del desierto, serpientes y escorpiones disecados, ropa y bolsos de cuero, pipas de agua, tan-tan , rosas del desierto, esencias de jazmín o azahar destiladas artesanalmente. , incienso para alejar el mal de ojo, esponjas naturales, cintas de música tunecina, perfumes, henna –famosa en Gabes -, especias y los exquisitos dátiles deglet enour de la región de los oasis.

LOS REFUGIOS DEL VIAJERO

Gracias a la fidelidad del turismo europeo, la oferta hotelera tunecina ha sufrido un considerable incremento en los últimos 27 años tanto en número de plazas como en calidad. Más de 165.000 camas hoteleras, de las cuales aproximadamente la mitad tienen menos de 10 años, se distribuyen a lo largo de la costa en un 90%: Susa, Hammamet, Jerba, Monastir, Nabeul, Tabarka, y en menos medida, Bizerta, Sfax y Gabes además de enclaves como Mahdia y otros pueblos de la península de Cap Bon. El resto se ubica fundamentalmente en Túnez capital y en las ciudades de Tozeur y Douz, en la región de los oasis.

El sector turístico emplea de forma directa a unas 60.000 personas y a 200.000 de forma indirecta, contribuyendo de forma muy notable al desarrollo económico y social del país. La línea ascendente de la demanda turística hace posible prever que en el año 2000 Túnez podrá alojar entre 31 y 55 millones de turistas. El 18% de la hostelería corresponde a hoteles de alto rango, 4 y 5 estrellas; el 72% a hoteles de categoría media, 2 y 3 estrellas; y el 10% a hoteles de una estrella y sin clasificar.

Los precios de los hoteles varían en función de la temporada y, generalmente, su categoría se corresponde con la clasificación internacional por estrellas. La diversidad de servicios y calidad entre hoteles de la misma categoría es sin embargo, bastante amplia. Especialmente los hoteles modernos de cierta categoría, cuentan con todo tipo de comodidades en la habitación, mientras que los más antiguos la recepción, restaurantes, jardines y zonas comunes suelen estar por encima de la calidad de las habitaciones.

Los hoteles de cuatro y cinco estrellas cuentan habitualmente con instalaciones comparables al nivel europeo (restaurantes, bares, jardines, fitness, actividades completarais o piscinas). Dentro de la categoría tres estrellas pueden encontrarse también modernos hoteles con instalaciones como piscinas, animación o deportes, y en algunos casos también en los de dos estrellas.

Túnez cuenta además con otros tipos de alojamientos: residencias para familias, especialmente en el litoral, y apartamentos y casa de alquiler que se contratan a través de inmobiliarias. Sidi Bou Said es uno de los lugares preferidos por muchos europeos para alquilar una casa durante el verano, mientras que en el exclusivo puerto deportivo de Port El Kantaoui en las afueras de Susa, se pueden alquilar apartamentos frente a los yates de recreo.

Entre las opciones más indicadas para el turismo joven pueden elegirse desde encantadores hoteles en la costa con sólo una o dos estrellas, como el hotel Les Jasmins de Nabeul o el Samaris de Hammamet con muy buen precio y excelente cocina familiar, hasta casas trogloditas habilitadas en Matmata o Ksar Haddada, o fonduks, antiguas pensiones para mercaderes, acondicionados con mucho encanto en Jerba. El camping añade otra posibilidad. No suelen tener muchos servicios pero hay algunos situados en lugares tan extraordinarios como en el oasis Mides donde plantar la tienda frente a un acantilado entre palmeras sólo cuesta un dinar al día.

 


Con la colaboración de la Oficina Nacional de Turismo de Túnez
Redacción: Ana G. Vitienes, Leticia Ojeda, Elena del Amo y Juan Jose Esteban